De qué se trata

Según una máxima del periodismo, una noticia tiene que contestar cuatro preguntas: Qué, Quién, Dónde y Cuándo (What, Who, Where, When). Se trata de la teoría de las cuatro W. Pero si queremos ir más allá, tenemos que responder la quinta W: Por qué (Why). Esa es la idea. Bienvenido.

25 de junio de 2009

Domingo de fiesta

El control operacional de la Nación aún estaba en manos de las Fuerzas Armadas. Era domingo. Yo tenía 8 años y de la mano de mi viejo caminamos desde el departamento donde vivíamos, en Chile casi Necochea, hasta calle Las Heras.
En las cuadras previas se veía a familias enteras caminando tranquilas, la mayoría con una banderita roja y blanca o la ya mítica boina blanca.
Al llegar a la esquina de Chile y Las Heras, el mar de gente se hacía insoportable. Encaramos hacia San Martín, muy despacio, tratando de avanzar hacia donde todas miraban. Los parlantes ubicados en cada poste de luz repetían una y otra vez una música pegadiza, alegre.
Logramos llegar hasta Patricias. A 300 metros y con dificultad podíamos divisar lo que era el escenario. Allí ocurrió todo y fue algo importante que con los años valoré.
Era 16 de octubre, domingo por la tarde. El candidato a presidente por la UCR, Raúl Alfonsín, encabezaba uno de sus últimos actos de campaña. Según las crónicas de la época, 50.000 mendocinos escucharon el discurso. Mi viejo y yo estuvimos ahí.
Todo el proceso lo viví como lo que fue, una fiesta. La campaña, los avisos, los discursos. Más allá del candidato que decidió votar mi papá –obviamente, Alfonsín–, es mi primer recuerdo de ejercicio democrático. Fue inolvidable.
Quizás por todo esto, por haber leído y estudiado la tristísima historia reciente del país, por estar todo el tiempo bombardeado de información y por ser hoy un ciudadano que se sintió una y mil veces estafado por nuestros dirigentes políticos, es que siempre veo en las urnas una oportunidad.


la costumbre mata el amor. Desde el 83 hemos votado 14 veces –en el 94 para elegir constituyentes y en el 2003 primero para presidente y luego para gobernador–, pero esto de ninguna manera debe convertirse en un trámite. Sería el error más grave que podríamos cometer como ciudadanos.
Es usual escuchar a personas que despotrican contra las campañas políticas, contra los candidatos –todos los candidatos–, algunos dicen que no quieren ir a votar. No faltan los que se quejan de que siempre hay que elegir al menos peor. Ni hablar de las señoras que insultan bajito por las tandas publicitarias porque “acortan” las telenovelas.
Todo eso, todo lo malo de un sistema imperfecto, tanto como el ser humano, como el ciudadano y la sociedad, es lo que hace a la democracia. Es nada menos que tener la certeza de que en un país con desigualdades escandalosas, este domingo, como los 14 de las 14 elecciones anteriores, mi voto, tu voto, vale lo mismo que el de un poderoso empresario, un albañil, una prostituta o un abogado. Las elecciones son el ideal de cualquier partidario de la igualdad de clases. El exportador de soja y el padre de familia que vive en una villa están en igualdad de condiciones. La opinión del sacrificado puestero de un paraje patagónico es tan valedera y poderosa como la del ejecutivo de una multinacional con oficina en Puerto Madero. ¡Qué más se puede pedir!
Sí, duelen, y mucho, los sondeos que indican que un porcentaje alto de ciudadanos no sabe qué se vota el domingo. Duele porque quiero confiar en que todas las personas habilitadas para votar realizan un ejercicio intelectual, una evaluación, apelan a la memoria y a los resultados de lo hecho para decidir qué boleta meter en la urna. Si este mecanismo fuera metódico, no nos encontraríamos con el cobarde “yo no lo voté” que escuchamos tantas veces respecto de Menem 95.
¿Qué derecho puede tener un ciudadano a criticar a sus gobernantes y representantes si cuando llega la hora de votar, no sabe de qué se trata? Todos somos responsables del destino del país, de la provincia y de la comuna donde vivimos. Y no se trata de una frase hecha: es categóricamente así porque los votos se cuentan de a uno, y volvemos a lo anterior, la opinión de cada ciudadano tiene peso idéntico.

evaluación y decisión. Ahora vamos a lo concreto: ¿a quién votar? No hay candidato perfecto, no seamos ingenuos ni idiotas. Es imposible. El detalle está en qué estamos dispuestos a dejar pasar, a “ignorar”, a la hora de decidir meter el voto de tal o cual en la urna.
Algunos se basan en su percepción personal de los postulantes –o sus líderes, tan de moda en esta campaña–. Si el tipo es simpático, lo voto; si la segunda en la lista tiene buen cuerpo a pesar de los años, la voto; si el candidato habla pausado, lo voto. Cosas por el estilo.
Otros van más allá. Escuchan e incorporan latiguillos siempre interesados, aunque no por eso necesariamente falsos. Hay quienes no van a votar al PJ porque “Jaque miente”. Fácil decisión, pero, y entonces, ¿a quién votar? Quizás los candidatos de Julio Cobos sean una opción, ¿pero el ingeniero no llegó a la vicepresidencia apoyando un proyecto y una manera de hacer política que ahora cree espeluznante? ¿No mintió? Veamos por el lado de los demócratas. Hablan pestes del Gobierno nacional y provincial, pero resulta que fueron parte de la gestión actual que ahora evalúan como desastrosa. Todos mienten, eso está claro.
La gran pregunta, insisto, es qué estamos dispuestos a dejar pasar. Aquí es donde toma fuerza la necesidad de analizar el fondo de la cuestión. El kirchnerismo –que es un eufemismo para no decir Néstor y Cristina– ha lanzado la idea de que en el país pugnan dos modelos. Estoy de acuerdo. Estos son, y voy a hacer una simplificación escandalosa. Caso uno: agroexportador, alineado con los mandatos del neoliberalismo, con un Estado pequeño, que apuesta a un país de servicios con libertad financiera total. Caso dos: industrialista, sustituidor de importaciones, con un Estado fuerte que marque el pulso de la economía, con el mercado interno como faro a la hora de tomar decisiones. Se trata de los modelos que han estado en pugna en el país desde principios del siglo pasado. Ambos se aplicaron, como todo en Argentina, sin anestesia.
Volvemos a la idea anterior: qué estamos dispuestos a dejar pasar.
En el caso de entender la cuestión de fondo –los dos modelos de país– y votar en consecuencia, los que apoyen el primer caso deben tragarse el sapo de apoyar al Pro de Mauricio Macri –millonario gracias a los negocios de su padre con el Estado bobo–, o al justicialista (?) disidente Francisco de Narváez, un Berlusconi con mejor asesor de imagen, o a demás dirigentes que le tienen demasiada simpatía a Carlos Menem, que es lo mismo que decir Domingo Cavallo, que, a su vez, es lo mismo que decir Martínez de Hoz.
Los que se decidan por el segundo caso estarán apoyando a los Kirchner que es lo mismo que decir toqueteo del INDEC, los fondos de Santa Cruz, el imposible crecimiento inmobiliario en El Calafate, a D’Elía, a Hugo Moyano, al inestable Chávez, al todopoderoso De Vido.
No es fácil amigos, pero espero que de algo haya servido este ejercicio intelectual, desordenado y abarrotado. ¡Feliz domingo!