De qué se trata

Según una máxima del periodismo, una noticia tiene que contestar cuatro preguntas: Qué, Quién, Dónde y Cuándo (What, Who, Where, When). Se trata de la teoría de las cuatro W. Pero si queremos ir más allá, tenemos que responder la quinta W: Por qué (Why). Esa es la idea. Bienvenido.

19 de diciembre de 2011

El 19 y 20 de diciembre del 2001, la prueba de fuego para la Constitución nacional


Tras el estallido del 19 y 20 de diciembre, exactamente 10 años atrás –de lo que se ha escrito muchísimo–, la Constitución nacional debió ponerse al frente de un país al borde de la anarquía y, desde sus páginas, ordenar la sucesión tanto de Fernando de la Rúa como de los que siguieron, hasta Eduardo Duhalde, quien casi completó el mandato del radical.
Fueron dos semanas, 12 días más precisamente, hasta el 2 de enero del 2002, en las que la montaña rusa en la que se había convertido Argentina nos tenía reservadas las curvas más cerradas.
A continuación, un repaso de lo que vivimos en aquel horroroso final del 2001.


el turno de la constitución. Qué hacer y cómo, luego de la huida de Fernando de la Rúa, se transformó en un problema exclusivo del peronismo. El cambio era inevitable, por la nula capacidad de radicales y frepasistas para torcer una historia que condujo al fracaso, el caos y la violencia. El justicialismo lo supo desde tiempo antes. Incluso, luego de la derrota del oficialismo en las elecciones legislativas del 2001, el propio Eduardo Duhalde advirtió que, si no se cambiaba la matriz económica de los 90, De la Rúa no terminaría su mandato.
Una vez ido el presidente, el PJ más fragmentado de los últimos años tenía la tarea durísima de ponerse de acuerdo y elegir quién completaría el mandato del radical, o, eventualmente, llamaría a elecciones urgentes.
La puja entre Duhalde y Carlos Menem, pero también los intereses de pesos pesados, como Carlos Ruckauf, Manuel de la Sota y Carlos Reutemann, con ansias de presidencia, complicaron la situación, en momentos en que cada hora que pasaba el país estaba más cerca de la anarquía.
Fue así como, entre los capos del partido, se decidió una salida pragmática, 100% peronista: un presidente interino, propio, pero no ligado a los popes, que llamaría a elecciones para el 3 de marzo del 2002, que se realizarían por el sistema de lemas, es decir, muchos candidatos por un mismo partido. Así se solucionaba en elecciones generales la interna peronista, ya que todos quienes tuvieran aspiraciones podían presentarse. La jugada salió mal.

hijo del cristo de la quebrada. El elegido fue Adolfo Rodríguez Saá, gobernador de San Luis. Luego de ser designado por la Asamblea Legislativa, anunció una serie de medidas que, por impacto y frenético ritmo, hicieron ver a De la Rúa como un parapléjico político.
El mismo viernes 21 de diciembre, aún con la Plaza de Mayo humeante, el justicialismo decidió definir su dura interna en elecciones generales. Así, se designó a Rodríguez Saá, gobernador de “provincia chica”, como presidente interino, y todos contentos, hasta las elecciones que se realizarían en marzo del 2002.
El Adolfo le imprimió a su gestión un vértigo inédito, y equivocó el camino. Afirmó que no devaluaría la moneda ni dolarizaría la economía, y que su mandato duraría sólo 90 días, hasta abril, cuando asumiera la fórmula ganadora en las elecciones del 3 de marzo.
Mientras, en Mendoza, el gobernador Roberto Iglesias (UCR) apeló a la solidaridad de los empresarios locales: habilitó una cuenta en el Banco Nación para que hicieran donaciones y así poder comprar comida para repartir. La determinación tuvo que ver con que no había ningún tipo de certeza de que la Nación enviaría dinero para contención social. Incluso, se dudaba de su existencia futura.
El domingo 23 asumió Rodríguez Saá y eligió a un mendocino como ministro del Interior: Rodolfo Gabrielli.
El puntano se encontraría con un país convulsionado, sin gobierno, con más de la mitad de la población hundida en la pobreza. Argentina registraba 42 meses seguidos de recesión, acentuada por medidas de austeridad severa que afectaron los ingresos y la liquidez de la población. Todo para cumplir con las metas imposibles del FMI, que sólo así se comprometía a enviar fondos para pagar intereses de la deuda externa, que por esos días llegaba a los 132.000 millones de dólares.
El lunes 24, los diarios le daban un amplísimo despliegue al discurso de asunción de Rodríguez Saá en el Congreso. Destacaban las principales medidas anunciadas: no pago de la deuda externa, creación de un millón de puestos de trabajo en un mes, plan alimentario nacional y la creación de una nueva moneda: el argentino. No dijo nada de liberar los fondos encerrados en el corralito. Y ratificó la Convertibilidad.
En Mendoza, los más importantes dirigentes se mostraron de acuerdo con los anuncios, aunque destacaron la necesidad de esperar detalles de cómo se implementarían. El Gobierno provincial destacó, sobre todo, el mensaje de austeridad que dio el presidente interino al anunciar el tope de 3.000 pesos de sueldo para los funcionarios públicos. El ministro de Gobierno de entonces, Juan Carlos Jaliff, pidió esperar qué consecuencias traería la suspensión del pago de la deuda externa, por ejemplo, la reacción del FMI.
Al día siguiente, Rodríguez Saá repartió Planes Trabajar en todo el país; a Mendoza le tocaron 4.500 de un total de 120.000, que se pagarían a 200 lecop por mes.
Al mismo tiempo, se conocía que otro mendocino, Vicente Chicho Russo, ex intendente de San Rafael, se sumaba al gabinete nacional: administraría planes sociales para 3.000 comunas.
El miércoles 26, el puntano visitó la sede de la CGT. Y en una imagen anacrónica apareció transpirado a más no poder y desaforado, abrazado a los líderes sindicales. Allí anunció que aumentaría el salario mínimo y que devolvería el 13% descontado a los jubilados por De la Rúa.
Por esos días, habló Domingo Cavallo. A poco de haber dejado el Ministerio de Economía, el padre de la Convertibilidad –y del saqueo y de la crisis–, afirmó: “Los que llevamos el país a esta situación, hemos fracasado”. No se conoció otra autocrítica similar.
El jueves 27 de diciembre, Rodríguez Saá anunció que las deudas en dólares se podían pagar en pesos 1 a 1. A su vez, recibió el explícito apoyo de Carlos Menem, lo que fue interpretado por algunos gobernadores peronistas, como De la Sota, como un acuerdo para apoyarlo a quedarse hasta diciembre del 2003, completando el mandato de De la Rúa.
En Mendoza, mientras tanto, el Gobierno provincial salió a buscar sponsors para la Fiesta de la Vendimia 2002. No había fondos para organizarla. Terminó haciéndose en el estadio Malvinas Argentinas, por la imposibilidad de cubrir los costos del teatro griego Frank Romero Day.
El viernes 28 por la noche se produjo otro cacerolazo en la Capital Federal. La furia de los porteños tenía que ver con lo impresentable del gabinete del Adolfo. Pero la gota que colmó la paciencia fue el regreso al poder de Carlos Grosso, inolvidable intendente de la Ciudad de Buenos Aires por la cantidad de investigaciones por corrupción que debió enfrentar.
Además, volvió a la Rosada José Luis Manzano como asesor del puntano. La Corte Suprema menemista también fue blanco de las cacerolas, ya que había rechazado todo intento por levantar el corralito.
Ese viernes también renunció el titular del Banco Nación, el periodista David Espósito, y el argentino, la nueva moneda, quedó descartado. El funcionario duró dos días en su puesto.
Los gobernadores peronistas vieron con desconfianza –y la hicieron pública– la batería de medidas de Rodríguez Saá y su estilo vertiginoso y sobreactuado. Con razón, temieron que el Adolfo estuviera pensando cómo quedarse en el poder y no cumplir con el llamado a elecciones para marzo. Entre otros, Carlos Ruckauf, Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner presionaron al presidente para que confirmara la realización de las elecciones.
Consciente de los temores que despertaba su comportamiento en los gobernadores peronistas –los mismos que lo habían llevado a la Presidencia–, Rodríguez Saá convocó a una reunión en la residencia oficial de Chapadmalal. La idea era rearmar el gabinete con hombres propuestos por los pesos pesados del justicialismo, renovar el respaldo de los gobernadores más poderosos y evaluar una salida del corralito. Sólo asistieron algunos gobernadores de provincias chicas. Ahí comprendió Rodríguez Saá que ya no tenía el apoyo suficiente, y que no podría mantenerse en la Presidencia sin el aval de los gobernadores peronistas más importantes.
Ese mismo domingo, 30 de diciembre, el puntano se trasladó a su provincia. Allí, desde un salón atiborrado de amigos, y a través de una transmisión televisiva penosa –los técnicos de ATC estaban de paro–, Rodríguez Saá anunciaba su renuncia indeclinable a la Presidencia de la Nación. Acusó al PJ de dejarlo solo. De nuevo, los argentinos veíamos cómo huía despavorido quien debía dirigir al país.

dos más. Argentina otra vez estaba sin gobierno. Ramón Puerta, presidente provisional del Senado y siguiente en la línea de mando, también renunció, por lo que la primera magistratura del país quedó en manos del titular de la Cámara de Diputados, el ultraduhaldista Eduardo Camaño.
Como dato para imaginar que podríamos haber estado peor si Camaño no se hacía cargo de la situación, según la Constitución Nacional, el que debía ejercer la Presidencia de la República era el titular de la Corte: Jesús Nazareno.
En los dos días que habían pasado desde la renuncia de Rodríguez Saá se plantearon en los ámbitos políticos dos posibilidades: o se conformaba un gobierno de unidad, es decir, en el cual todos los gobernadores justicialistas y el partido se comprometieran a apoyar al elegido para no repetir el vacío a Rodríguez Saá, o se llamaba a elecciones en forma inmediata, cuestión dificultosa, porque el Estado no contaba con los fondos necesarios para organizar un acto eleccionario.
Además, se temió que los votos en blanco –el hartazgo de la gente podría producir la elección de un presidente muy debilitado–, pudieran llegar a marcar un récord mundial.

“argentina está fundida”. El martes 1 de enero del 2003, la Asamblea Legislativa convocada por Camaño eligió como presidente interino hasta diciembre del 2003 a Eduardo Duhalde, el más poderoso de los poderosos dirigentes justicialistas, incluso por encima de gobernadores, como Ruckauf –muy desprestigiado ante la opinión pública–, De la Sota y Reutemann.
Básicamente, Duhalde propuso hacer lo que dijo en la campaña de 1999: cambiar la matriz económica del país, apostar al mercado interno y, por ende, a la reindustrialización. Lo nuevo era que la situación lo obligaba sí o sí a devaluar para poder llevar adelante ese modelo.
“Argentina está quebrada, está fundida, pero tiene futuro”, expresó Duhalde ente la Asamblea Legislativa, y anunció que se respetaría la moneda en que estuvieran los depósitos: “El que depositó dólares, recibirá dólares; el que depositó pesos, recibirá pesos”, se animó a decir. La frase lo perseguiría por siempre.
En ese discurso anunció el fin de la Convertibilidad: cada dólar ahora costaría 1,40 pesos, y se pesificarían todas las deudas en moneda estadounidense. La medida, tan resistida por De la Rúa y sus gurúes –Machinea, López Murphy, Cavallo–, por Rodríguez Saá, por Menem, que coqueteó con tener un rol protagónico en la salida de la crisis, era nada menos que la columna vertebral de la recuperación, con todos sus costos e injusticias. La decisión fue tan acertada, que hasta hoy el manejo de la política cambiaria es una de las armas más poderosas del administrador del Estado para reforzar un modelo diametralmente opuesto a lo que fue la Convertibilidad.
Duhalde fue el quinto presidente en 11 días. Estuvo en el cargo menos de 18 meses –entregó el bastón de mando el 25 de mayo del 2003 a Néstor Kirchner–, que alcanzaron para encauzar al país en una recuperación que parecía inimaginable ese diciembre del 2001.
La crisis económica, social y política más grave que atravesó el país nos dejó enseñanzas fundamentales. Primero y principal: que en la Constitución están todas las herramientas para no discontinuar el sistema democrático; también que no hay posibilidad de medidas de maquillaje en economía cuando la debacle es tan estruendosa que se les recortan los ingresos a los que menos tienen para pagar deuda; que la cobardía de la mayoría de los dirigentes políticos de la época, arrodillados ante las demandas del FMI, nos llevó a caer en índices sociales inéditos; que los nombres de los culpables de la crisis no se deben borrar ni disimular ni se deben reconvertir, opinando desde la soberbia, montados en columnas de diarios serios. No olvidar para que no se repita: esa es la cuestión.

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