De qué se trata

Según una máxima del periodismo, una noticia tiene que contestar cuatro preguntas: Qué, Quién, Dónde y Cuándo (What, Who, Where, When). Se trata de la teoría de las cuatro W. Pero si queremos ir más allá, tenemos que responder la quinta W: Por qué (Why). Esa es la idea. Bienvenido.

11 de septiembre de 2008

11 de setiembre de 1973: El día que el mundo miró hacia Chile

Lo que sigue, es un especial publicado en el diario El Sol de Mendoza a los 35 años del golpe de Estado contra Salvador Allende.

Por Cristian Ortega

Hoy se cumplen 35 años del golpe de Estado contra el gobierno constitucional de Salvador Allende en Chile. Se trató de un acontecimiento de repercusión mundial, por lo que presentaba la figura del médico socialista en el contexto mundial, donde la izquierda y la derecha, el bloque occidental con EEUU a la cabeza y los países comunistas y socialistas, con la URSS como sostén principal, llevaban adelante una guerra, a veces no tan fría, en todos los rincones del planeta, y cada señal o adhesión hacia uno u otro era tomada como altamente significativa.


En el caso de Chile, el pequeño país sudamericano se había convertido en la estrella política de la época. En 1970, por primera vez en la historia, un marxista era electo por el voto popular e implementaría políticas en coincidencia con la URSS y con Cuba, el otro pequeño país en boca de todos.
Salvador Allende Gossens nació en Valparaíso el 26 de junio de 1908. Fue candidato a presidente cuatro veces, imponiéndose al fin en 1970 con una mayoría relativa de 36,3 por ciento de los votos y siendo designado por el Parlamento como presidente de Chile luego de las elecciones del 4 de setiembre de ese año. No fueron pocos los esfuerzos de EEUU y de su presidente, Richard Milhouse Nixon, para boicotear la votación del llamado Congreso Pleno, para que, a pesar de la voluntad popular, los legisladores apoyaran al candidato de la derecha, Jorge Alessandri. Finalmente, el 24 de octubre de 1970, el Parlamento chileno designó al ciudadano Allende como presidente de la República, por 153 votos a favor (lo apoyó la Democracia Cristiana), 35 votos para Alessandri y 7 en blanco.
Dos días antes, un grupo ultraderechista, financiado por la CIA, intentó secuestrar e hirió en un enfrentamiento al comandante en jefe del Ejército, René Schneider, de abierta postura a favor de la Constitución y del Gobierno constituido. El general Schneider finalmente murió el 25 de octubre, como consecuencia de las heridas de una operación destinada a desestabilizar el país, evitar la designación de Allende y forzar una nueva elección. La Casa Blanca, como siempre, estuvo al tanto y participó activamente de la operación.






















la up. No fue nada fácil el inicio del gobierno de Allende, líder de una alianza de partidos de izquierda conocida como Unidad Popular, la UP.
La UP se formó en diciembre de 1969 con vistas a las elecciones presidenciales de 1970, en remplazo del Frente de Acción Popular. Estuvo conformada por el Partido Radical, Partido Socialista, Partido Comunista, el Movimiento de Acción Popular Unitario, el Partido de Izquierda Radical y la Acción Popular Independiente, incorporándose la Izquierda Cristiana y el MAPU en 1970 y el MAPU Obrero y Campesino (escisión del MAPU) en 1973. Además, contó con el apoyo de la CUT, Central Única de Trabajadores.
La doctrina electoral de la UP consistía en 40 primeras medidas que tenían como objetivo cristalizar la llamada “vía chilena al socialismo”, la que consistía, según explicaba Allende, en “la revolución con sabor a vino tinto y empanadas”. Esta postulaba la posibilidad de que un país capitalista subdesarrollado efectuara un tránsito democrático y no violento al socialismo, lo que facilitaría y crearía las condiciones para llegar al socialismo. Todo por la vía del proceso democrático y por medio del uso de la legalidad del Estado burgués. Las medidas directrices del plan fueron: estatización de las áreas claves de la economía; nacionalización de la explotación minería del cobre; aceleración de la reforma agraria; congelamiento de los precios; aumento general de salarios con emisión de billetes; modificación de la Constitución y creación de una Cámara única.
La resistencia fue feroz. Por un lado, EEUU presionando –sin dar créditos y proponiendo el bloqueo al cobre chileno– y financiando operaciones de grupos de ultraderecha, por el otro, los patrones que no pretendían entregar nada al sueño de los trabajadores y campesinos. También estaban los colegios profesionales santiaguinos, que presionaban a sus asociados para trabar cualquier iniciativa del gobierno de la UP.
Para finales de 1971, las fisuras del plan comenzaron a aparecer: deuda pública, inflación sostenida y suspensión del pago a acreedores externos, déficit de la balance de pagos (el cobre bajó su cotización), entre otras.
Pero, para ratificar el rumbo, por esa época Fidel Castro visitó el país durante tres semanas, en las que recorrió todo el largo de Chile, y manifestó sus dudas respecto de la utilización de la política para llegar al socialismo. Incluso, algunas fuentes de la época afirman que, en privado, Fidel le indicó a Salvador: “Es muy difícil construir un Estado marxista sin recurrir a la violencia”.
Demás está decir que las tres semanas de Fidel Castro en Chile enfurecieron a Nixon y a su secretario de Estado, el omnipresente Henry Kissinger.
Las expropiaciones de industrias, los beneficios a trabajadores y campesinos y, a su vez, el malestar de la clase media por la escasez de alimentos y el creciente mercado negro fueron el caldo de cultivo para que los sectores acomodados comenzaran a barajar en serio –y a planificar– el golpe de Estado que se concretaría el 11 de setiembre de 1973. También pesaron las dificultades que encontraba el plan económico oficial para consolidarse.

el gap. Los atentados a centrales eléctricas y oleoductos por parte de grupos armados dificultaban toda iniciativa por parte del Gobierno. Esta escalada de violencia, enfrentamientos y alianzas espurias llevaron a Salvador Allende y a los partidos aliados a crear una red de seguridad muy rígida en torno al presidente y a sus funcionarios. El aparato de inteligencia del Gobierno (y de la UP) comenzó a funcionar para darle el ok o negárselos a futuros funcionarios, jefes policiales, militares y delegados, entre otros, que iban a ocupar cargos.
Incluso, la difícil coyuntura hizo que partidarios radicalizados de la UP conformaran una guardia especial para el presidente Allende. Esto ocurrió inmediatamente después del asesinato del jefe del Ejército, René Schneider, a manos de la ultraderecha financiada por la CIA, en octubre de 1970, cuando Allende era presidente electo. Ante los rumores y amenazas de un golpe de Estado inminente, jóvenes de los diferentes partidos que conformaban la UP crearon una guardia personal que Allende bautizó públicamente como Grupos de Amigos Personales; de ahí la denominación GAP. Este grupo se llevaría la peor parte ese martes 11 de setiembre de 1973.

el golpe. Augusto Pinochet Ugarte se enteró apenas tres días antes del 11 de setiembre de que había una operación en marcha para destituir al presidente Allende. Los demás altos jefes complotados se vieron en la obligación de ponerlo al tanto y ofrecerle que se uniera a la conspiración por una necesidad básica: necesitaban al Ejército de su lado para asegurarse el éxito del golpe.
Pinochet llegó a comandante en jefe del Ejército el 23 de agosto, 18 días antes del golpe, en remplazo de Carlos Prats, quien se “quebró” ante un cacerolazo de esposas de militares frente a su casa. Luego de ese episodio, dicen que dijo Allende: “Un general que llora no está capacitado para mandar”.
El presidente y la inteligencia de la UP consideraron a Pinochet un soldado ejemplar, apolítico y respetuoso del mandato constitucional que establece la subordinación de las fuerzas armadas al Gobierno. Años después, el dictador explicó esa confianza en que supuestamente Allende confundió sus antecedentes con los de un tal Manuel Pinochet, intentando quedar bien con sus seguidores y tratando de despejar dudas sobre el altísimo cargo alcanzado durante el gobierno de la UP.

simbólico por donde se lo mire. El golpe de Estado que sufrió Salvador Allende tuvo y aún tiene una carga simbólica muy fuerte. Por ejemplo: se trataba de un mandatario respetado internacionalmente, que defendía con honestidad el camino democrático al socialismo; lo traicionaron militares que él mismo promovió respetando el escalafón de cada fuerza; entre sus colaboradores había muchos extranjeros, que buscaban en el Chile socialista el ideal que no habían podido lograr en sus países; Allende fue víctima de la política intervencionista y reaccionaria del Richard Nixon y Henry Kissinger y se comparó a su gobierno con el de Fidel Castro, aun cuando este no fue electo. La mañana del 11 de setiembre de 1973, el presidente constitucional dio cuatro discursos a través de diferentes radios, destacándose el último, que se transformó en una premonición perfecta de lo que vino (se puede escuchar en internet); los militares se quedaron con las ganas de tener en sus manos la rendición del mandatario, y enviarlo fuera del país, como era el deseo de Pinochet; con todo perdido e, incluso, siendo bombardeado el palacio de La Moneda, Allende luchó como uno más, disparando a las tropas sediciosas desde las ventanas de la casa de gobierno; el golpe en Chile destruyó una tradición democrática inédita en América latina; Allende se suicidó con una ametralladora rusa AK-47 que le regaló el líder cubano, con una inscripción en su empuñadura que decía: “A Salvador, de su compañero de armas, Fidel Castro”.

detalles. Ese día, martes, aún fresco y nublado, era clave para el gobierno de la Unidad Popular. Allende, consciente de la deteriorada situación económica y el malestar de las clases dominantes, tenía previsto a las 11 de la mañana dar un discurso en la Universidad Técnica del Estado, en el que convocaría a un plebiscito para que el pueblo dijera si quería que continuara al frente de la Presidencia. Era una salida arriesgada, pero estaba tranquilo, porque dejaría que la voluntad popular se expresara.
Ese martes comenzó muy temprano para los funcionarios del Gobierno. Antes de las 6, llegaba información de que había inexplicables movimientos de tropas de la Armada en Valparaíso. Pasadas las 7 de la mañana, Allende partió desde la residencia presidencial de la avenida Tomás Moro, en el alto Santiago, hacia La Moneda, junto a sus colaboradores más cercanos, la guardia oficial y varios miembros del GAP, en los Fiat 125 azul oscuro que conformaban la movilidad oficial de la Presidencia.
A las 7.55 dio su primer discurso, por radio, anunciando una asonada militar aún impredecible, pero supuestamente acotada a la Armada y centralizada en el puerto de Valparaíso. Luego vinieron los demás mensajes, todos con la intención de mantener a la ciudadanía informada y prevenida. El discurso que quedó en la historia fue el cuarto y último. No lo escribió, no lo leyó. Le salió de corrido, y fue claramente una despedida, asumiendo ya la brutal realidad de que las Fuerzas Armadas más la policía militarizada de Carabineros estaban trabajando en conjunto para derrocar al Gobierno constitucional. Ese mensaje fue emitido a las 9.15 por radio Magallanes (ver aparte).
Luego, el silencio. La situación era de violencia total en el centro de Santiago. Por los cuatro flancos, soldados disparaban hacia La Moneda y hacia el Ministerio de Obras, muy cerca de ahí, donde, desde el interior, los GAP, miembros de la civil Policía de Investigaciones –custodios formales de jefe de Estado– y funcionarios y dirigentes respondían la agresión también a los tiros, incluido Allende. La balacera era sostenida.
En el interior del palacio de Gobierno había varias mujeres, entre ellas, las hijas del presidente Allende, Beatriz –embarazada de siete meses– e Isabel. También había un grupo numeroso de médicos que acompañaba a Allende a todos lados por una afección cardíaca que le provocó un infarto luego de ser electo.
Mientras, los conjurados jefes militares daban órdenes por radio y discutían qué hacer con Allende, que había puesto una resistencia tenaz frente a un panorama negrísimo. Pinochet quería enviarlo con su familia al exterior. Para eso, la Fuerza Aérea tenía preparado un avión DC-6 en el aeropuerto de Cerrillos. “Que se vaya donde quiera, menos a Argentina”, decía Pinochet esa mañana por radio a sus cómplices. “Se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país, pero el avión se cae, viejo, cuando vaya volando”, se le escucha a Pinochet que le dice a otros generales en esas comunicaciones.
Al ver que la postura de Allende era a prueba de balas, se ordenó el bombardeo a La Moneda, quizás el más dramático relato visual de la brutalidad del golpe: las fotos y las filmaciones de los 18 misiles que hicieron blanco sorprendieron al mundo. Eso ocurrió a las 11.52.
Fue suficiente para que Allende tomara la decisión de pedir una tregua para sacar del palacio a las mujeres –incluidas sus hijas– y a los médicos, entre otros civiles que no formaban parte ni de su custodia ni del GAP. Logró vencer la resistencia, y una vez que iban saliendo por la puerta lateral de Morandé 80 –puerta que hizo cerrar Pinochet y que luego reabrió Ricardo Lagos, 30 años después– se sentó en un sillón de terciopelo rojo del llamado Salón Independencia y se puso la punta de la ametralladora tocando el paladar superior. Así se mató, gritando, según testigos: “¡El presidente de Chile no se rinde!”.
La escena la vio, entre otros pocos, el médico Patricio Guijón, quien se transformó en testigo clave del régimen de Pinochet para que explicara que Allende no había sido asesinado. Igual, a Guijón le esperaban largos meses como prisionero político en una isla del sur.

35 años. Aún hoy el golpe de Estado contra Salvador Allende sigue generando fascinación; el cómo, el porqué, los detalles de traiciones pequeñas y grandes convicciones, el desenlace que ese día tanto les costó entender a los generales rastreros, incapaces de un acto de dignidad como el que tomó el mandatario socialista. Estas y muchas otras cuestiones aún persisten en la memoria de miles de ciudadanos, no sólo chilenos, que se ilusionaron a la distancia con el camino a la igualdad social vía marxismo, con el aval de las urnas, una posibilidad que Fidel, viejo zorro, veía, poco tiempo antes, inviable sin una revolución violenta. Pero las balas salieron desde el otro lado y se impusieron a sangre y fuego sobre un sueño.

Recuadro:

“Mi sacrificio será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”


A continuación, el último discurso completo de Salvador Allende, transmitido a través de Radio Magallanes mientras el palacio de
La Moneda era atacado por las Fuerzas Armadas. Fue a las 9.15 del martes 11 de setiembre de 1973:
“Seguramente esta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura sino decepción. Que sean ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron: soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino, que se ha autodesignado comandante de la Armada, más el señor Mendoza, general rastrero que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al Gobierno, y que también se ha autodenominado director General de Carabineros. Ante estos hechos, sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.
Trabajadores de mi patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley, y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara el general Schneider y reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.
Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la abuela que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la patria, a los profesionales patriotas que siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clases para defender también las ventajas de una sociedad capitalista de unos pocos.
Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo lo oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgará.
Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la patria.
El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.
Trabajadores de mi patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.
¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!
Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.

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