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Los Borocotó y las “cleteadas”, a flor de piel

¿Cuánto vale la coherencia política, la lealtad, la honestidad intelectual en estos tiempos? Parece que muy poco. Al menos así se desprende del análisis de hechos muy puntuales que ponen en un brete a los que imaginamos, ilusos, que la actividad política exige un esfuerzo monumental por parte de los actores para transformarla en, justamente, el mejor móvil de transformación social.
Los Borocotó aparecen desde abajo de las piedras, el ejemplo del vicepresidente Julio Cobos se corporiza aquí y allá; el armado de la oferta electoral de los partidos políticos mayoritarios son cada vez más complejos y discutidos, justamente, por el temor permanente al puñal por la espalda. ¿Siempre fue así, o estamos viviendo un tiempo de traiciones naturalizadas? Vamos por parte.


distinta vara. Poco después de las elecciones de medio término del 2005, el médico pediatra Lorenzo Borocotó (su verdadero nombre es Eduardo Lorenzo), electo diputado nacional por el Pro de Mauricio Macri, dio el salto y se pasó a las filas del oficialismo nacional.
La movida política, que instaló un neologismo –“borocotización”–, fue ampliamente rechazada por amplios sectores políticos y sociales. Se habló, hasta el hartazgo, del daño que el médico le hacía a la democracia, al colmar de indignación a quienes lo votaron como representante de un partido opuesto al Frente para la Victoria. El comunicado de rigor del Pro en aquellos tiempos hablaba de “una estafa a la voluntad popular”.
Borocotó pasó a formar parte de ese olimpo de hechos políticos que quedarán en el inconsciente colectivo por siempre. Está al nivel del “hay que dejar de robar por dos años”, los viajes a la estratósfera, el “síganme” de Carlos Menem, el blef de Eduardo Duhalde cuando afirmó que “el que depositó dólares recibirá dólares”, etcétera, etcétera.
Volviendo al caso puntual, y como en todo, una cosa fue caerle con todo a Borocotó cuando se pasó al kirchnerismo desde el Pro, y otra muy diferente cuando el salto se dio en sentido opuesto.
Hemos analizado en este espacio la voltereta política de Julio Cobos en julio del 2008, cuando se votó la Resolución 125 de retenciones móviles.
Casi a nadie se le ocurrió catalogar a Cobos como un nuevo Borocotó; menos que menos se le criticó haberse puesto en la vereda de enfrente de su propio gobierno; ni al más independiente de los periodistas se le ocurrió mencionar la “borocotización” del mendocino.
Lo cierto es que el salto a la oposición del gobierno siendo parte de este y estando en el cargo de vicepresidente de la Nación –el segundo de la presidenta electa, por si hace falta aclararlo–, le terminó pasando factura a Cobos, quien debió declinar su intención de pelear por la Presidencia por el magro apoyo popular y partidario, y hoy cavila respecto de si es o no candidato a diputado nacional por Mendoza.
El daño institucional de la movida del mendocino está siendo palpable ahora.
En Mendoza, el vicegobernador, emulando a su musa política, también cortó relaciones con su gobierno, lo enfrentó, y comenzó a trabajar para la oposición a este.
Cristian Racconto llegó a la Vicegobernación de la mano de Celso Jaque, con un discurso tan trillado como inconsistente. Hablaba de transparencia, de tener el sentido común del no político, hablaba de interpretar a “la gente”, de querer cambiar la imagen de la política frente a los ojos de los ciudadanos; hizo absolutamente todo lo contrario: se esforzó por afianzar prejuicios y desprestigiar aún más a la política.
Luego del cambio de rumbo, el vice acordó ser parte de un nuevo movimiento político, liderado por dirigentes intachables, frescos, no contaminados por los vicios de la despreciable vieja política; entonces, Racconto se hizo soldado de Eduardo Duhalde.
La pincelada que terminó de delinear la caricatura en la que se ha transformado Racconto la dio él mismo, al asegurarles una larga y acomodada carrera en el Estado a amigos y familiares.
Eso sí, nunca, nadie, acusó a Racconto de Borocotó.

éramos tan serios. El Partido Demócrata de Mendoza, dejando de lado el detalle de que fue entusiasta colaborador de la última dictadura militar, se vende como una agrupación política prolija, inmaculada, con un respeto exasperante de las reglas de juego internas y siempre un paso por delante de la runfla de peronistas y radicales.
Las cualidades que dicen los demócratas tener, quedaron en ridículo el martes, cuando se supo que ante la ausencia del intendente de Luján, Omar Parisi, quien quedó a cargo de la Intendencia, llamó a elecciones municipales el 14 de agosto, desdoblando los comicios locales de los generales del 23 de octubre.
La explicación es simple: Parisi se ha mostrado cercano a la gestión provincial de Celso Jaque y elogioso con el Gobierno nacional, y pensaba reforzar esa simpatía el 23 de octubre, con la intención política de lograr los votos necesarios para lograr la reelección.
En la vereda de enfrente está Omar de Marchi, ex intendente lujanino, quien quiere volver al pago chico y es enemigo acérrimo de las gestiones provincial y nacional.
De Marchi vio la veta para neutralizar el arrastre nacional –y, eventualmente, provincial– en Luján. Ordenó que, apenas se fuera Parisi de vacaciones, su pollo Andrés Sconfienza, a cargo de la Intendencia, hiciera el llamado a elecciones el 14 de agosto, día de las primarias, y en paralelo con lo ya decidido por San Carlos y Capital. O sea, una “cleteada”.
La movida hubiera sorprendido menos si los protagonistas hubieran sido radicales o justicialistas, partidos más acordes a este tipo de zancadillas.
Los demócratas, enfrascados en una crisis de identidad grave, con pocas esperanzas de pelear la Gobernación, se están dedicando a la pelea interna, sangrienta y sin escrúpulos. Qué poco ha quedado de aquel partido que se autoproclamaba como el custodio de las formas.
La explicación tiene que ver también con el desconcierto que reina en los partidos de la oposición, mendocinos y nacionales: la propuesta política del kirchnerismo ha hecho crujir antiguos discursos y ha seducido a extraños, algo impensado hace poco tiempo atrás. La clave se encuentra en la toma de medidas que despiertan el apoyo en vastos sectores sociales y políticos, más allá de las pertenencias. Lo que hace el Frente para la Victoria es dejar sin posibilidad de pataleo a los contrincantes, poniéndolos en un brete de cara a la ciudadanía. De ahí que muchas de las críticas opositoras se circunscriben a cuestiones de maquillaje más que a problemáticas de fondo.
El fenómeno se encuadra en una época en la que la política, pese a los Borocotó, a los Cobos, a los Racconto, ha tomado el protagonismo del cambio de paradigma. Eso lo han entendido mucho antes las masas que muchos referentes de las clases dirigentes.
Y las consecuencias se están dejando ver. Habrá que esperar un salto cualitativo en la forma de hacer política de las agrupaciones, para que, en definitiva, tengamos una democracia superadora, donde lo que se discutan sean ideas, y no pases de bando, traiciones y pobres discursos que quedan en ridículo frente a los hechos.

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