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Destreza política versus incapacidad argumentativa

¿Cuál es la clave? ¿Qué llave parece haber encontrado Cristina Kirchner para que, luego de meses de zozobra política y hasta institucional, su gestión esté hoy bien considerada por la opinión pública y llene de dudas a una oposición que soñó con ganar caminando las elecciones de octubre? ¿Qué pasó, qué no pudieron ver supuestos avezados políticos lectores de la realidad? ¿Cómo llegamos a este inédito proceso preelectoral en el que todo indica que culminaremos con una muy tranquila transición de mando –o continuación–?
Las razones son múltiples, pero todo comenzó aquel lejano 25 de Mayo del 2003.
Eduardo Duhalde ya había devaluado, ya había salvado a los bancos, ya había satisfecho algunas de las exigencias más duras del FMI, había reconstruido en parte la figura presidencial y había colocado en el Ministerio de Economía a Roberto Lavagna. Claro que también había hecho poco por cambiar la matriz económica del país, y la muerte a manos de la policía de dos dirigentes sociales terminó por convencerlo de que debía irse a su casa “para siempre”, como él dijo.


Así, adelantó las elecciones y la entrega del mando. Néstor Kirchner asumió el 25 de mayo del 2003. Algunos pronosticaron: “Argentina se dio gobierno por un año”, otros miraban a este sureño desaliñado con mucha desconfianza. Eso lo sabía Kirchner, un apasionado de la política y poco menos que un genio a la hora de proponer cómo ir por delante de los acontecimientos, crear poder y despertar simpatías, todo lo que no tenía cuando asumió.
Kirchner fue un presidente fuera de lo común. Enfrentó lo que era intocable en los años anteriores y tuvo la astucia de leer la necesidad de los ciudadanos de que alguien, alguna vez, les pusiera freno a los responsables de la gran crisis del 2001.
Los gestos concretos –cuadro de Videla, recambio de la Corte, quita de la deuda, pago al FMI– fueron golpes políticos e históricos que hoy son hitos del período K, ese que se dio por terminado varias veces y que hoy parece estar vivo y con vigor renovado.
De a poco, los poderes concentrados fueron acumulando odio y resentimiento hacia el líder peronista, ignorando la matriz del modelo: mercado interno e inversión versus especulación, que ha hecho que a muchos de los que detestan visceralmente a todo lo que huela a K les haya ido y les vaya mejor que nunca.
La elección presidencial del 2007 fue un trámite. Venía la etapa de la consolidación y el salto cualitativo respecto del perfil del líder. Cristina es un cuadro mucho más formado y culto de lo que era Néstor Kirchner. Su condición de mujer nutrió las críticas maliciosas que apuntaban a que el que seguía gobernando era él y ella sólo ponía la cara y el cuerpo. Nunca fue así, es claro, y los roles se dividieron inteligentemente, con Kirchner manejando el partido y con Cristina al gobierno.

la prueba de fuego. En otra época política, en otro contexto y con otros protagonistas, lo que se conoció como la “crisis del campo” hubiera terminado con la continuidad institucional y, seguramente, con una debacle social y económica grave.
Nada de esto pasó, otra vez, por la capacidad en este caso de Cristina para sobreponerse a un durísimo golpe, en el que los medios monopólicos con intereses económicos concretos y el sector más conservador y reaccionario del entramado económico nacional se unieron para intentar tirar por tierra reformas y políticas que no los tenían –como siempre había sido– como los grandes beneficiarios de las decisiones del administrador (de turno) del Estado.
Cristina no sólo se sobrepuso, sino que, además, tomó la iniciativa política y fue, muy de a poco, desdibujando los esfuerzos de la oposición por empujarla del sillón de Rivadavia.
La tan mentada elección de medio término del 2009 terminó técnicamente empatada, aunque el oficialismo nacional leyó bien que el poder mediático y corporativo de los actores económicos de siempre había hecho mella en el electorado.
De ahí en más, el Gobierno nacional fue una tromba contra la que nadie pudo.
Según todas las encuestadoras porteñas, cercanas y lejanas al Gobierno nacional, desde enero del 2010, luego de pasado lo peor de la crisis financiera mundial –y de la que Argentina salió muy bien parada–, la imagen de la presidenta comenzó a recomponerse.
La Ley de Medios y la Ley de Matrimonio Igualitaria despertaron con más intensidad que otros debates interés genuino de los argentinos en saber, en enterarse de quiénes y por qué se oponían a propuestas de avanzada en el subcontinente. Más allá de las cuestiones concretas, fue brillante la jugada política de dejar en claro quién y por qué se podría oponer a leyes inclusivas de la democracia, los que preferían una pseudo norma de la dictadura asesina y saqueadora, y también los que preferían que nada cambiara en pos de un orden nacional basado en el antiguo concepto de “familia argentina”.
Todo esto, claro, de la mano de una economía que muestra señales muy claras de recomposición frente a lo que fue la década del 90 –exclusiva al punto del escándalo– y el modelo neoliberal que comenzó en 1976 para explotar 25 años después.
La muerte de Néstor Kichner, en octubre del año pasado, terminó por descolocar a los que no encontraban un discurso sólido a la hora de argumentar que es necesario cambiar de gobierno pero reivindicando lo que es muy valorado por el ciudadano.
Si era un desafío antes de la muerte de Kirchner esbozar un programa de gobierno que no tuviera el tufillo de la vuelta al modelo que estalló, se transformó casi en tarea imposible cuando, por todos lados, en todos los medios –amigos y enemigos del Gobierno nacional–, se repasó la presidencia de Kirchner y se refrescó dónde estábamos antes como país y dónde estamos 8 años después.
La multitud que acompañó sus exequias y ese repaso obligado fueron un golpe monumental para la oposición, que hoy pelea por hacer un decoroso papel y ya piensa en el 2015.
Volviendo a la tesis del inicio, hay dos cuestiones centrales que explican el actual momento político: por un lado, la contraposición de las políticas de estos años a las que se implementaron, algunas con amplio consenso social, en las dos décadas pasadas; esa sola comparación le da una ventaja enorme en el inconsciente político del país al kirchnerismo; por otro lado, la soberbia de la oposición que no trabajó nunca en consolidar un discurso sólido y superador de lo que hay; esa actitud les valió a los sectores opositores estar hoy armando alianzas imposibles con la sola esperanza de hacer un digno papel. De ahí a querer realmente ser gobernador, con seriedad y humildad, hay una brecha enorme. Es que hay logros que no se pueden desconocer, y para doblegar al que los llevó adelante no queda otra que reconocerlos, ponderarlos e ir por un salto superador, ese que el arco opositor parece no ser capaz de dar.

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