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Conveniencias, la Alianza y una ucronía a mano alzada

Ucronía es la reconstrucción lógica, aplicada a la historia, dando por supuestos acontecimientos no sucedidos, pero que habrían podido suceder, según la definición de la Real Academia Española de la Lengua.
Esta herramienta permite, con un trabajo más o menos científico y comprobable respecto de las variantes históricas y los procesos necesarios para hacer estudios históricos, plantear, por ejemplo, qué hubiera pasado si tal o cual cuestión se concretaba.
La ucronía se ha utilizado en múltiples casos. Se ha aplicado, por ejemplo, a qué hubiera pasado si el nazismo ganaba la Segunda Guerra Mundial, o qué hubiera ocurrido su John F. Kennedy hubiera terminado su primer mandato y, posteriormente, hubiera sido reelecto.
Vamos a intentar un ejercicio entretenido que, quizás, también resulte útil. La idea es probar una tesis que valoramos como interesante teniendo en cuenta el momento político que vive en país.


todo bien. En 1999, Argentina eligió a Fernando de la Rúa y a Carlos Chacho Álvarez como presidente y vice, respectivamente. Llegaron gracias al desgaste de 10 años de menemismo, blandiendo un discurso que ponía el acento en la honestidad y en las reparaciones sociales, aspecto muy maltratado en el período anterior.
Al ciudadano medio le cayó muy bien que la propuesta económica de la Alianza sólo se centrara en “emprolijar” la Convertibilidad sin trastocarla. El perfil serio y alejado de lo farandulesco de De la Rúa –antítesis de Carlos Menem en las formas– fue muy bien recibido. A su vez, Chacho Álvarez como representante del Frepaso en el Gobierno, daba la sensación de cierto giro a la centro izquierda por parte de la administración nacional, todo lo contrario al posicionamiento político del menemismo.
Comencemos con la ucronía: desatado el escándalo de las coimas en el Senado, luego del tratamiento de otro proyecto de flexibilización laboral, el presidente De la Rúa echó del Gobierno y denunció en la Justicia al ministro de Trabajo, Alberto Flamarique; se enfrentó a cara de perro con el senador por Mendoza, José Genoud; se reunió con los denunciantes y les dio todo el apoyo político para ir a fondo en la investigación; demostró que él no tenía absolutamente nada que ver con las valijas con dólares que salieron desde las oficinas de la SIDE hacia el Senado de la Nación.
Chacho Álvarez, orgulloso de la forma de actuar del presidente de la Nación, dio un discurso memorable, donde puso de manifiesto la reacción de la gestión de la que formaba parte, en contraposición a los cientos o miles de casos de corrupción que todo el tiempo se destapaban en la década pasada.
La consideración popular hacia el Gobierno nacional dio un salto en positivo. Este espaldarazo le dejó en bandeja a De la Rúa un viejo plan que le acercaron economistas no ortodoxos: salir de la recesión –comenzada en 1998– con una importante apuesta al mercado interno, previa devaluación controlada del peso argentino, sobrevalorado al estar atado al dólar, y, en esa línea, ponerle freno a las demandas de ajuste y más ajuste del FMI. También la inclusión de economistas progresistas en las segundas líneas del Ministerio de Economía fue clave a la hora de acorralar a los permanente colaboradores y alcahuetes de los organismos internacionales de crédito. También apostó el presidente De la Rúa a una política de freno a las importaciones, en lo que significó el primer paso hacia la sustitución de importaciones, las que durante los 90 literalmente destruyeron la industria nacional.
La decisión de no recortar salarios ni jubilaciones, como pedía el FMI y sus voceros locales, fue clave en el apoyo popular que consolidó al gobierno de la Alianza.
Mientras tanto, el vicepresidente encabezaba una cruzada monumental en el Congreso nacional, con la anulación de las Leyes del Perdón, lo que posibilitó el posterior juicio a los responsables de los delitos de lesa humanidad perpetrados durante la última dictadura militar.
Luego, De la Rúa fue por la Corte nacional y la mayoría menemista. Apuró a los supremos públicamente y comenzaron a renunciar acorralados por la presión popular encabezada por el presidente. Fueron remplazados por indiscutidos juristas.
La Alianza fue, gracias a un arsenal de medidas de alto impacto popular, reelecta en el 2003, con De la Rúa como líder indiscutido del acuerdo entre la UCR y el Frepaso. Chacho Álvarez lo acompañó.
Enfrente, un justicialismo dividido y enfrentado por las facciones que proponían un giro a la derecha y los que reconocían aciertos del gobierno pero querían aportar otra mirada, fue duramente derrotado, justamente, por ir en dos facciones a las generales.
Listo. Hasta acá llega nuestra ucronía sobre qué hubiera pasado si la Alianza hubiera tenido carácter, planes de gobierno y la valentía para poner freno a los intereses económicos y políticos a los que lo único que les interesó siempre fue defender a las corporaciones foráneas y no a los argentinos.
Es agotador el ejercicio. Cuesta muchísimo asociar a De la Rúa a un gobierno exitoso. Pero es válido hacerse la pregunta del principio: ¿qué hubiera pasado si...?

incertidumbre. Como ya hemos visto en este espacio, obligados por la coyuntura política nacional, el armado de la Alianza se estructuró en pos de un enemigo común, no se sustentó sobre la creación de un plan de gobierno superador, claro, audaz, de acuerdo al difícil panorama que vivía Argentina a finales de la década del 90.
Las diferencias comenzaron a aflorar, incluso, antes de iniciado el gobierno. Dirigentes por posiciones de centroizquierda debían supeditarse a las órdenes de conspicuos radicales conservadores que respondían al insulso Fernando de la Rúa. El engendro político duró poco y su primera fisura fue el principio del fin de la Alianza, de la presidencia de De la Rúa y casi de la Argentina toda.
Las similitudes de aquellos años con el armado del arco opositor con vistas a las elecciones generales de octubre no pueden pasar desapercibidas. Esto no puede pasar, porque ya sabemos qué es lo que pasa, más allá de los deseos de que la historia sea diferente. No pasó lo que relatamos ni por asomo. Ningún dirigente de los encumbrados aliancistas pudo hacer un ejercicio similar antes de concretar el acuerdo y visualizar el poco futuro de aquel aquelarre, que lo único que buscó fue ganar a cualquier precio y, después, qué importa.
Es una burla explícita que Ricardo Alfonsín, supuestamente un radical progresista con ansias de liderar una fuerza de centro izquierda, junto con el socialismo y Margarita Stolbizer, coquetee con Francisco de Narváez. No piensan igual en casi nada y, por más que disimulen y en las fotos aparezcan con amplias sonrisas, se trata de una mentira política, de esas que nos llevaron, como sabemos, a la debacle del 2001, porque, justamente, no pasó aquello que podría haber pasado si se actuaba con responsabilidad y coherencia, valores, hoy, a la luz de la historia, imprescindibles.

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