De qué se trata

Según una máxima del periodismo, una noticia tiene que contestar cuatro preguntas: Qué, Quién, Dónde y Cuándo (What, Who, Where, When). Se trata de la teoría de las cuatro W. Pero si queremos ir más allá, tenemos que responder la quinta W: Por qué (Why). Esa es la idea. Bienvenido.

7 de abril de 2011

Turcos en la neblina

¿Qué es el kirchnerismo? ¿Cómo se podría definir? ¿Cuál es la esencia de este movimiento político con raíces del primer peronismo y nacido a poco de andar la administración de Néstor Kirchner? ¿Quién representa mejor lo que sea que es? ¿Hay un ideario K? ¿Hay alguna pauta política que lo define y a la que deben brindarse sus adherentes?
Las peleas UCR Marca Registrada que se están dando en el seno del oficialismo mendocino tienen que ver con qué candidato desentona menos en una foto junto a la presidenta de la Nación, hoy por hoy con una alta imagen positiva que garantiza, al menos, un piso de votos nada despreciable en una provincia donde la contienda de octubre aparece como muy ajustada.
El desafío de los que se están autopostulando a la Gobernación dentro de esa entelequia política llamada peronismo es seducir primero a Cristina y sus personeros, para luego ponerse a caminar la provincia, pegar su cara a la de la mandataria por las calles de Mendoza y esperar la bendición definitiva con un acto-inauguración (¿el Metrotranvía?) bien cerquita de las elecciones.


Pero para lograr el tan ansiado lugar en la lista hay que dar pruebas de fidelidad al modelo. Si bien es cierto que Celso Jaque nunca enfrentó políticamente a la Casa Rosada en su rol de gobernador de Mendoza, también es evidente que el peronismo local nunca estuvo cómodo con la matriz del período K.
El ADN del peronista mendocino es más bien conservador. El permanente speech de que Mendoza es una isla de institucionalidad dentro del país y el guardar las formas son una marca registrada de los políticos locales, generalidad a la que no escapan los peronistas.
Un grado mayor de osadía, desfachatez y dureza a la hora de enfrentarse con los demás sectores políticos y, sobre todo, con los factores de poder mediáticos y económicos de Mendoza son condiciones primordiales para recibir la tan ansiada bendición, en épocas de encuestas simpáticas a todo lo relacionado con la emblemática letra K.
¿Quién le garantiza al kirchnerismo nacional tomar esas banderas y hacerlas flamear en la complicada Mendoza?
Como revelamos en este mismo espacio hace algunas semanas, en los pasillos de la Casa Rosada se lo ve con buenos ojos a Guillermo Carmona, aunque su desconocimiento y las limitaciones de poder interno en el PJ de Mendoza hacen suponer que sólo un milagro lo pondría como candidato a gobernador.
Entre los demás precandidatos es complicado ver a uno con el sello K. Alejandro Cazabán, el que más fuerte está jugando, no es bien visto en Buenos Aires. Su denuncia histérica contra el Grupo Uno por extorsión y luego la marcha atrás en la relación con un multimedios antipático –aunque no enemigo– de la Rosada no lo hacen muy confiable. Ni hablar del poco compromiso del PJ mendocino a la hora de bancar sin fisuras leyes clave como la de Medios y la de Matrimonio Igualitario, cuestiones que en Mendoza nunca terminaron de ser una prioridad del peronismo local.
Y eso tiene que ver, otra vez, con el ADN conservador. Quien definitivamente cruce el cerco y se muestre amante del modelo y de los modales kirchneristas será el que mejor parado esté a los ojos de la primera mandataria. Pero no sólo alcanza con esto: la estructura peronista debe estar convencida de apoyarlo y trabajar para él y luego encolumnarse –tal cual la máxima del General, hoy un tanto devaluada– si el bendecido gana.
La presidenta, según fuentes concordantes, en su viaje vendimial dejó en claro que los candidatos a diputados nacionales deben, sí o sí, pasar por ella. Para ser más claros: Cristina no quiere potenciales veletas que en las jodidas elijan un camino no previsto por ella.
Ya le pasó con la resolución 125 –la pelea con el “campo”–, la Ley de Medios y el Matrimonio Igualitario: los que se suponían K y llegaron al Congreso colgados de la falda de la presidenta y votaron otra cosa.
En términos políticos, ¿quién se haría acompañar por alguien que no le da plena confianza de mantenerse leal?

hablando de osadías. El gobernador Celso Jaque se caracteriza por ser un tipo poco osado. Es previsible. Es fácil suponer lo que hará porque, por lo general, toma el camino obvio.
Por todo esto rompió el molde, postulando a Mario Adaro para ocupar el lugar vacante en la Suprema Corte.
El abogado laboralista, ex letrado del CEC, con aceitados contactos sindicales, ex inquieto subsecretario de Trabajo, militante por los derechos humanos y abonado a la trinchera mediática K 6,7,8, sintetiza una jugada arriesgada de Jaque.
Adaro, si llega –estaría a tres votos de conseguir las bolillas blancas necesarias–, significaría una bocanada de aire fresco para la Corte, anquilosada y lejana, siempre marcando fríamente la meridiana idiosincrasia del mendocino medio, nunca haciendo algo diferente, amando lo establecido, nunca desafiando los designios de la corporación.
El ex ministro de Gobierno, por personalidad y pasado, podría ser el primer enviado para comenzar a cambiar la imagen de esa especie de limbo pseudocelestial que es la Corte provincial.
Previendo de antemano la posibilidad, el titular del cuerpo, Alejandro Pérez Hualde –radical él–, salió a marcar la cancha y a frenar las incipientes brisas de cambio. “A todos nos cambia la cabeza cuando llegamos acá. Yo tuve que cambiar el mate y resetearme para el cargo, que tiene funciones políticas, pero de Estado, no de política partidaria. El que venga, seguro va a comprender la necesidad de independencia de este poder”, le dijo el cortesano a Mdz. Clarísimo.

turcos en la neblina. Las semanas pasan, y no podemos dejar de reflexionar sobre el daño que le hace la oposición nacional a la democracia. En la teoría, la cuestión debería funcionar más o menos así: un sector político propone un plan y un candidato, ese candidato es electo para administrar el país por un período de tiempo determinado; mientras tanto, otros sectores políticos controlan, aportan, critican al que administra y, en paralelo, hacen planes, proyectos, forman dirigentes e intentan convencer al ciudadano de que si ellos administran, lo harán mejor; el fin es ganarle las elecciones al que está gobernando. Eso es en la teoría.
En nuestro país, la oposición al Gobierno nacional, lógicamente fragmentada, coqueteó por unos días con la posibilidad de armar un gran frente (¿una Alianza?) para enfrentar al kirchnerismo. Analizaron algunos importantes dirigentes –Mauricio Macri, Eduardo Duhalde, Julio Cobos– que, de otra manera, el ciclo K está, mínimo, a cuatro años de su fin.
Algunos se envalentonaron con la idea, se entusiasmaron, quisieron ver que era posible. La pata radical de un acuerdo entre la derecha –el Pro– y el peronismo conservador –el PJ Federal– sería Julio Cobos, quien abonó la idea unos días, hasta que se dio cuenta de que más que sumar simpatías ciudadanas las espantaba.
Suena increíble, pero es evidente que hay políticos y sectores que no aprendieron nada con la monumental crisis del 2001. Los proyectos se arman a base de coincidencias ideológicas, no con dos encuestas en la mano, los consejos de un amigo columnista y la peligrosa premisa “primero llegamos y después vemos qué hacemos”. Por favor, un poco de seriedad y respecto al ciudadano.

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