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Sufrimiento, delirio y golazo

El Pájaro, que parece no envejecer nunca, visitó Mendoza hace unos días, promocionando ese laburo muy bien pago para ex futbolistas llamado showball.
Hablo de Claudio Paul Caniggia, ese delantero rapidísimo que se puso las camisetas de River y de Boca, que se besó con el Diego en una cancha de fútbol y que hizo el gol más gritado de la historia futbolística del país.
Fue el 24 de junio de 1990, domingo, cerca del mediodía –comimos unas empanadas buenísimas–, nada menos que ante Brasil, lo que significó que los hermanos tuvieran que hacer las valijas. O sea, insuperable orgasmo futbolístico.
Según la información que me devuelve internet –¡qué fácil es buscar información hoy en día, por favor!–, ese partido se jugó en el Stadio delle Alpi, en Turín, Italia, a las 17 hora local y con el arbitraje del francés Joel Quiniou. El golazo del Cani lo vieron en persona 61.381 hinchas.
 el sufrimiento. Tenía 15 años recién cumplidos cuando se jugó ese partido. Fue el día posterior al cumpleaños 37 de mi viejo. Estaba en segundo año del colegio secundario, que cursaba en el San Luis Gonzaga.
Nunca entendí muy bien por qué el lugar de reunión obligado para ver los partidos de aquel Mundial era mi casa. Que en realidad no era una casa, sino un departamento sobre una casa en la calle Primitivo de la Reta, en Ciudad, a la vuelta de lo que era el Policlínico de Cuyo. En lo que era el living comedor, regado de muebles de caña que tanto le gustaban a mi vieja, nos juntábamos 10 o 12 enfermos de la pelota dispuestos a sufrir con un equipo que más que jugar sufría los partidos.
Ese domingo éramos varios. Estaba el Juampi, el Lechu, el Goro, mi viejo y algunos más, medio parientes medio amigos que vivían cerquita.
Eran los octavos de final y Argentina había entrado por la ventana a esa instancia, clasificando tercero del Grupo B, detrás de Camerún y Rumania. Brasil venía de ganar su grupo con tres triunfos sobre tres jugados. O sea, el panorama era el peor. Pero, como se trata de fútbol, nada estaba dicho.
Había empanadas y coca, sillas desordenadas, todas apuntando a la tele de 20 pulgadas, y, creo, alguna que otra bandera o camiseta.
La pasamos mal. Brasil fue lo que se esperaba, una tromba que nos llevaba por delante. Mi edad, cuando el fútbol nos duele mucho más, la condición de la competencia, la instancia decisiva –el que pierde, chau–, y el lastimoso juego de la selección nacional, potenciaban el dramatismo del momento. 
Sergio Goycochea, el arquero por casualidad que tenía el equipo, sacaba lo que podía, y lo que no podía daba en los palos. Creo que Argentina no llegó nunca al arco de enfrente... hasta el minuto 80.

el delirio. La panza dolía, las manos transpiraban, las puteadas estaban a la orden del día. Había momentos de un silencio atroz, sinónimo de susto, de cagazo, miedo y vergüenza por la superioridad carioca. También había en el aire cierta sensación de frustración. ¿Podía ser tan corto el Mundial luego de ser campeones cuatro años antes? Un gol que metiera Brasil era equivalente a hacer la valija. Otra vez a la monotonía de las clases, cambiar de tema todo el tiempo, no pensar, intentar no llorar por el fracaso de esa selección del Narigón Bilardo.
Todo eso se me cruzaba por la cabeza –y hasta en el momento en que escribo estas líneas, miércoles, 14.28, sufro ese momento–, cuando de repente la tomó el Diego, en una pierna, cerca de la medialuna, del lado de Brasil. Arrió a cuatro brasileños, que lo encerraron temiendo una genialidad que no pudieron evitar. 
El Gordo la tocó cayéndose. Ya lo había visto al Pájaro bien ubicado sobre el costado superior de la pantalla, quizás pidiéndole la bocha con un grito o un silbido. No importa. El Genio ya sabía dónde estaba. Pero pese al dolor que le provocaba en el tobillo correr e, incluso, trotar, tuvo la lucidez para darle ese pase imposible y dejarlo con el campo libre para que corriera hacia Taffarel. Lo encaró, enganchó largo hacia afuera, lo dejó desairado y la tocó suave a la red. Minuto 80.
¡Goooooooooooooooooool! El corazón se paralizó, los puños de apretaron con fuerza, la piedra de 30 toneladas que cado uno tenía en la espalda milagrosamente desapareció. Las sillas de caña volaron para todos lados. Las empandas, frías, que estaban sobre la mesa, fueron a parar al piso. Los Jockey de mi viejo terminaron en un rincón. Mi vieja casi se muere del grito que salió de lo más íntimo.
¡Goooooooooooooooooool! Otra vez mi viejo gritaba. Yo, distraído, pensé que era el segundo. Pero no: estaba gritando el tanto en la repetición, como si fuera el original.
¡Goooooooooooooooooool! De nuevo, era otra repetición, desde otro ángulo, esta vez desde abajo, de atrás del arco.
¡Goooooooooooooooooool! Tercera vez, tercer grito, como el primero. A esta altura yo ya estaba mareado, pero el Goro, mi viejo, el Juampi, el Lechu no dejaban de gritar, una y otra vez, cada vez que en una repetición la pelota entraba en el arco.
Con esta locura extrema de gritar el gol en la repetición, habían pasado como cinco minutos. Faltaban cinco más, el descuento para dejar afuera del Mundial a Brasil, pasar a cuartos de final y decretar que acababa de terminar el partido más injusto del mundo y de la historia, si es que el fútbol se puede medir en esos términos.
No había forma, era imposible que Brasil empatara. Estaban muertos los de amarillo. No podían creer que ese grupo de jugadores mediocres, cuyo líder era un genio en una pierna, hubiera hecho un gol.
Terminó el partido y nos abrazamos, casi llorando. Argentina hacía historia, otra vez, jugando al fútbol. A nadie le importó el oscuro futuro de ese equipo. Sólo importaba el partido imposible que se había ganado. 
Y de repente: ¡Goooooooooooooooooool! Otra vez las repeticiones, y otra vez el grito.
¡Goooooooooooooooooool! De nuevo.
¡Goooooooooooooooooool! Por tercera vez. Enfermizo, pero liberador.
Hoy, a poco más de 20 años de aquella tarde, y gracias a que vi a Caniggia en una foto, recuerdo el delirio del gol más gritado de la historia. Y evoco, con cariño, a quienes quedaron afónicos a mi lado, todo por culpa de las repeticiones.

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