De qué se trata

Según una máxima del periodismo, una noticia tiene que contestar cuatro preguntas: Qué, Quién, Dónde y Cuándo (What, Who, Where, When). Se trata de la teoría de las cuatro W. Pero si queremos ir más allá, tenemos que responder la quinta W: Por qué (Why). Esa es la idea. Bienvenido.

24 de marzo de 2010

El Mundial que huele mal

El Mundial de 1978 siempre me hizo ruido. Incluso, he llegado a decir en alguna reunión de amigos que, para mí, Argentina sólo ganó un campeonato del mundo, el de 1986, insospechado de cualquier suspicacia y logrado gracias al genio mayor del fútbol mundial: El Diego (Pulga, te falta mucho).
Quizás sea una exageración, pero el Mundial 78 me provoca un nudo en la garganta. Me da vergüenza. Las visitas de los jerarcas militares –usurpando la Presidencia de la Nación– a los jugadores, las reuniones con el Flaco Menotti, las noticias que daban cuenta del avance de las obras de los estadios –entre ellos, el Malvinas–, las arengas oficiales, las publicidades llamando a la población a demostrarle a la prensa internacional que cubría el Mundial que los argentinos éramos “derechos y humanos”.
Las sensaciones se mezclan. El gran Mario Alberto Kempes –sólo por mencionar al estandarte del equipo– no tendría por qué entrar en la misma bolsa de mi desconfianza. El caso de Passarella, el capitán, es diferente; eso del pelo corto siempre me olió mal.
El 6 a 0 a Perú quizás sea el capítulo deportivo más oscuro de aquella Copa. Los rumores, las declaraciones posteriores y las atrocidades de las que fueron capaces los militares dan razones más que válidas para pensar que se trató de un partido arreglado, una nimiedad para personajes de tal calaña, el peor de los daños que se le pueden hacer al fútbol. Las 35.000 toneladas “donadas” por Argentina a Perú 15 días después de ese partido simplemente me causan náuseas.
Ni hablar de las visitas estelares para la apertura de la competencia. Entre otros, se encontraba El Padrino del fútbol mundial, João Havelange, una especie de Benedicto XVI del balompié. El brasileño tiró, ante periodistas argentinos y extranjeros: “Por fin el mundo puede ver la verdadera imagen de Argentina”. 
El tristemente famoso secretario de Estado de EEUU Henry Kissingger reafirmó la idea: “Este país tiene un gran futuro a todo nivel”. Acertadísimo el vaticinio.
Como se ve, los militares argentinos tenían bien aceitadas las relaciones con los poderosos, nacionales y extranjeros, de cualquier ámbito. Acaso ese fue el fin del golpe y del modelo económico que perduró hasta hace pocos años: gobernar y hacer cada vez más ricos a los ricos y poderosos.
Ya es un clásico la anécdota de la periodista Miriam Lewin, cautiva en la ESMA, sobre cómo se escuchaban la música, los cánticos y los goles desde el Monumental mientras que en la repartición de la Marina eran torturados miles de argentinos.
Dan asco las operaciones de prensa –de la prensa canalla, esa que ahora se dice defensora de las instituciones y la República– en favor de un gobierno ilegal que, decían, era difamado en el mundo por el comunismo internacional. Era la oportunidad, ese Mundial, para demostrar que Argentina era un paraíso de orden, disciplina y seguimiento ciego de los mandatos de la inmaculada Iglesia católica.
En la “gesta” patriótica de esos jugadores de fútbol se iba la vida, era la oportunidad, como nunca, de tener los ojos del mundo encima, de demostrar más que nunca que el fin justifica los medios –asesinatos, torturas, desprecio por la ley, robo de bebés, saqueo del patrimonio de los detenidos-desaparecidos, exilio, autoritarismo, fascismo–, en el contexto de un planeta que se debatía entre dos bloques que no dudaban en vejar los más básicos derechos en pos de marcarle la cancha al otro.
Hubo excepciones, hubo argentinos que intentaron ir contra la corriente. Jorge Carrascosa fue el capitán de la Selección hasta meses antes del Mundial. Renunció aduciendo razones personales que intentaba explicar sin éxito: “Es demostrarme que, a los 29 años, siento haber logrado la madurez necesaria como para saber qué es lo que quiero para mi vida. Saber qué es lo que está bien y qué es lo que no me interesa”, declaraba Carrascosa en febrero de 1978 a la revista Goles, que lo entrevistaba para saber por qué colgaba los botines. La última pregunta de esa entrevista fue: “¿Te das cuenta de que en toda la entrevista hay algo que no convence? ¿Por qué no te jugás?”, a lo que Carrascosa respondió, elocuente: “¿Qué querés, que me vaya a vivir a otro país?”.
También hubo extranjeros que hicieron un trabajo increíble. Periodistas europeos –sobre todo, franceses y holandeses– tomaron en serio las denuncias de las Madres de Plaza de Mayo y difundieron las atrocidades, aún sin comprobar, que estaba cometiendo el gobierno militar.
Incluso, la selección holandesa de fútbol –que se alojó en el hotel San Francisco, en Chacras de Coria– se mostró cercana a los reclamos de organizaciones de derechos humanos que pedían información sobre el paradero de miles de personas. Además, se reunieron con las Madres. Quizás por eso a Videla le salió de tan adentro el grito de gol en el definitivo 3 a 1 a Holanda en la final.
La política económica nefasta del Proceso, que se mantuvo hasta el 2001, más allá de un tibio intento de modificación de parte de Alfonsín a principios de su administración, se basó, como dije, en la acumulación de riquezas para los ricos. Pero también tuvo un componente importante de corrupción.
El caso Wil-Ri, que nos toca muy de cerca, es un botón de muestra de las fechorías de los militares y sus secuaces civiles. No sólo bastaba con torturar, asesinar, tirar sedados de un avión a prisioneros ilegales y robarse bebés, sino que también robaron, como los más bajos delincuentes, a personas indefensas.
Con la construcción o acondicionamiento de estadios para el Mundial 78 se concretó una estafa monumental hacia el Estado argentino.
Los sobreprecios que se pagaron fueron escandalosos, las empresas contratistas eran las amigas –cómplices– del régimen y muchos uniformados, no necesariamente de alto rango, se quedaron con vueltos de muchos, pero muchos ceros.
Como ven, amigos, considerar al Mundial 78 como un logro deportivo me es muy difícil, imposible en mis peores días. Por eso digo, y a veces, sólo a veces, creo que exagero, que la celeste y blanca sólo ganó un mundial, ocho años después.
La FIFA, quiero creer, tomó nota de aquella experiencia sudamericana de 1978. La organización de la Copa del Mundo por parte de Argentina –designada varios años antes, en 1966, siete días después de haber comenzado la dictadura de Juan Carlos Onganía– “cayó”, a poco de andar, en manos de unas de las tiranías más sangrientas del mundo.
Desde aquella experiencia, en la que el Mundial de Fútbol fue utilizado obscenamente por la política, no se volvió a jugar en un país sin un gobierno democrático.
A la luz de la Historia, con años de investigación y reflexión de parte de la sociedad argentina, quedó en claro que ese acontecimiento único y mágico fue utilizado, como todo por los militares, para justificar la instauración de un modelo económico perverso que necesitaba de los palos, la noche y la crueldad llevada a su paroxismo para poder ser impuesto.
Ese tipo que tan bien nos resume –talentoso, solidario, pedante, soberbio, irrespetuoso, genial– y que se llama Diego Maradona, sintetizó la esencia del deporte en una frase. “La pelota no se macha”. 
El Mundial 78 es la mancha que llevará, por siempre, la Copa del Mundo.

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