De qué se trata

Según una máxima del periodismo, una noticia tiene que contestar cuatro preguntas: Qué, Quién, Dónde y Cuándo (What, Who, Where, When). Se trata de la teoría de las cuatro W. Pero si queremos ir más allá, tenemos que responder la quinta W: Por qué (Why). Esa es la idea. Bienvenido.

16 de diciembre de 2010

Jugando a creer en teorías conspirativas

¿Es tan obvio? ¿Tan pero tan obvio es que hay movidas desestabilizadoras craneadas desde oscuros sectores? ¿Será así? ¿O algunos nos estamos comiendo una teoría conspirativa que no tienen asidero alguno? Si fuera así, ¿por qué, con qué intención, con qué necesidad? ¿No será anacrónico el mecanismo? En la era de las comunicaciones, sobre todo horizontales, por la monumental penetración de internet, ¿hay chance de que no se sepan cuestiones que pueden hacernos llegar a la conclusión de que hay, efectivamente, golpistas trabajando en contra de un gobierno constitucional?
Supongamos que es así. Los hechos producidos en Capital Federal con ocupaciones de espacios públicos y personeros quién sabe de qué sector incitando a la violencia, con armas, palos y un nivel de violencia altísimo, no hacen más que abonar la teoría del monje negro detrás de todo. No es un secreto que en otros momentos históricos, cuando sólo bastaba un fósforo para que todo estallara, se utilizó una metodología similar. Y aquí está, justamente, el anacronismo. Vamos por parte.
ayer y hoy. A principios de diciembre del 2001, se produjeron en Mendoza saqueos a supermercados y varios intentos que no se concretaron. Desde el entonces gobierno radical de la provincia se tiró inmediatamente la sospecha sobre el PJ y militantes que habrían incitado a sectores popular literalmente muertos de hambre para que atacaran supermercados. El efecto era psicológico y práctico en la sociedad. Por un lado se recreaban los duros meses de 1989 cuando un estallido social terminó con el gobierno de Raúl Alfonsín; por el otro, se generalizaba la sensación de caos, anarquía e inutilidad del gobierno nacional de aquel momento, encabezado por Fernando de la Rúa. Este cóctel estaba bien abonado por una situación económica desesperante y un gobierno nacional incapaz de cualquier respuesta a la altura de aquellas duras circunstancias.
La historia terminó como sabemos ya de memoria: helicóptero, más crisis, más hambre, varios presidentes y Eduardo Duhalde designado a cargo de la Presidencia por la Asamblea Legislativa.
¿Los métodos de aquellos tiempos pueden servir para buscar el mismo efecto? Difícil. La situación general del país y de su economía en particular es diametralmente opuesta. El actual gobierno nacional tiene decenas de defectos, pero la falta de autoridad no es, justamente, uno de ellos. Ni hablar de la iniciativa constante, de un creciente apoyo en las encuestas de opinión y ni hablar del poder de fuego en el ámbito económico, donde el Estado recuperó, muy de a poco, pero sin pausa, herramientas clave para digitar las más importantes variables macroeconómicas. Un dato son las reservas del Banco Central, las más altas de la historia.
A todo esto, que le provoca úlcera a amplios sectores, se suma una coyuntura política complicada para quienes sueñan con volver a los 90, a su política económica y a su alineamiento internacional bajo el ala de los organismos multilaterales de crédito, sin contar las políticas sociales conservadoras que añoran.
La oposición –radicales, macristas, peronistas disidentes y hasta Elisa Carrió– claramente no es una opción para las presidenciales del 2011. Tanto Néstor como Cristina Kirchner han puesto límites a ciertas corporaciones que nunca los tuvieron, y la sensación es de vejación, por más lógica y justa que sea la reivindicación, repetimos, de un Estado fuerte, que controla, legisla, impulsa o sólo audita el comportamiento de los privados. Vaya paradoja: los señores están nerviosos cuando más están ganando. Decía José Claudio Escribano el miércoles 1 de diciembre, al recibir el premio 2010 del Club de Progreso, que el diario La Nación cerraría este año con la mayor rentabilidad en sus 141 años de historia. Aunque, claro, bajó línea: “Más que el gobierno (nacional), me preocupa una oposición que no toma decisiones categóricas sobre temas que deben ser debatidos muy abierta y francamente en Argentina”.


¿desestabilización manifiesta? “Me jacto de que me tocó el momento más difícil de la historia y, con fuerzas nacionales, no hubo siquiera un herido en Argentina. Tengo claro cómo se pacifica y cómo se ordena”. La frase de Eduardo Duhalde, que quedará, creemos, humildemente, al nivel de “el que depositó dólares, recibirá dólares”, tiene dos trampas. Primero habla de “fuerzas nacionales”, soslayando el hecho puntual, objetivo y trágico que terminó antes de tiempo con su interinato. Se trata nada menos que del asesinato de los militantes sociales Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, abatidos tras una feroz represión en el Puente Pueyrredón, el 26 de julio del 2002, justamente con Duhalde en la Casa Rosada. Pero, claro, los mataron efectivos de la Policía Bonaerense.
La segunda trampa de la insólita declaración de Duhalde tiene que ver con su convencimiento de que está capacitado para “ordenar” y “pacificar” el país.
Eduardo Duhalde se lleva todas las sospechas del Gobierno nacional respecto a la tesis de los hechos coordinados para crear un clima de desestabilización.
Pruebas no hay, al menos no se han dado a conocer, y eso complica dar con los dardos en el blanco. De todas maneras, y teniendo en cuenta los antecedentes repasados y el análisis político del momento histórico, toma fuerza la posibilidad de que diversos sectores comiencen a utilizar métodos siniestros para lograr su máximo objetivo: que el kirchnerismo deje de ser gobierno, o en diciembre del año que viene o antes. Ambas aspiraciones son, hoy por hoy, de improbable cumplimiento. No obstante, se trata de personajes sin el más mínimo respeto por la voluntad popular.
Volviendo al principio, esta opinión parte de evaluar como verosímiles las teorías conspirativas. Ojalá estemos locos, desquiciados, seamos unos nabos, y nada de esto sea como lo contamos. Ojalá.

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