De qué se trata

Según una máxima del periodismo, una noticia tiene que contestar cuatro preguntas: Qué, Quién, Dónde y Cuándo (What, Who, Where, When). Se trata de la teoría de las cuatro W. Pero si queremos ir más allá, tenemos que responder la quinta W: Por qué (Why). Esa es la idea. Bienvenido.

10 de noviembre de 2010

Un deporte que busca nombre

Dedicado a Leo Olguín, 
Mauro Grosso, Seba Caliri, 
Maximiliano Rodríguez, 
Leandro Godoy, Sergio Carminatti, 
Diego Azcárate, Juan Martín Agoglia y Ale Tapia.



Debería tener un nombre propio. Escapar de esa generalidad de juegos que se hacen llamar fútbol pero que no lo son. De salón, callejero, patadita con dos toques, de 11, de 7, de 5, todo tiene como centro de diversión a la impredecible pelota, en diferentes tamaños, colores y textura. También se diferencian, estos juegos, por la superficie en la que se disputan. Todo cambia, menos la redonda, si se practica sobre pasto, tierra o baldosa. Quién no ha hecho un picadito, también, en la arena, al atardecer de un día de playa en algunas de las costas de los dos océanos que solemos disfrutar quienes vivimos por estos pagos.
Volvamos al principio: el juego con pelotita de tenis, que sólo se puede tocar con los pies, en un patio de colegio –de baldosa–, atestado de niños de las más disímiles edades y todos con guardapolvo blanco, debería tener nombre popio.


 Es fácil de jugar: un acto, una pelota de tenis o similar y número indefinido de jugadores de campo, aunque un arquero. Algunos, no obstante, lo han practicado con dos y hasta con tres arqueros, supeditado esto al tamaño del arco.
El caos generalizado en la práctica del juego es inherente a la diversión que genera. Los “palos blancos” que inundan el campo de juego son la esencia del mismo. Le da una dinámica y una imprevisibilidad directamente proporcional al placer que genera practicarlo. Se trata de chicos y chicas que andan en sus cosas, saltando la soga, jugando al truco, a la mancha, a la escondida, a cualquier cosa, pero que están sobre el campo de juego.
Cuando rondamos el metro y medio de estatura, en vez de correr, volamos a una velocidad y con una temeridad que se va diluyendo con la estatura y los años.
En esos días en que todo giraba en torno a la pelotita de tenis, mientras más rápido corríamos y más chicos esquivábamos, mejor nos sentíamos.
A primera hora de la mañana, el jugador de tenis del curso, Leo Olguín, mostraba la pelota, o mejor dicho, la forma de esta, en el bolsillo izquierdo del guardapolvo. Era diversión asegurada.
En el primer recreo, el ritual se repetía: el sánguche de salame que vendían los del 7º –y que luego venderíamos nosotros–, y a jugar con la pelotita de tenis.
No éramos muchos. Leo Olguín, Mauro Grosso, Seba Caliri, Maximiliano Rodríguez, Leandro Godoy, Sergio Carminatti, Diego Azcárate, Ale Tapia y algún otro que se ha caído de la memoria.
Por lo general, yo empezaba al arco. Desde chico, mis piernas tienden a enredarse cuando intentan dominar una pelota.
El arquero saca –o sea, tira la pelota lo más lejos posible, y donde más ajenos al juegos hay– y todos los demás corren desesperados a buscarla, a intentar dominarla, a sacarse a sus oponentes de encima, esquivar a los ajenos al juego, llegar al arco, patear, doblegar al arquero y marcar el gol. Y entrar al arco. Así de simple: sin árbitro, sin orsai, sin compañeros y con muchos rivales.
En ese contexto, hacer un gol era poco menos que una hazaña increíble, de esas destinadas a convertirse en película. Atajar era también muy complicado, porque casi nunca el que acercaba la pelotita al arco era el que pateaba. Esa raza detestable llamaba “pescadores” tenía en ese juegos y en esos días de escuela primaria una presencia importante. Eran tres o cuatro que siempre se quedaban cerca del arco esperando la pelota para pegarle un puntazo imposible, con precisión cero y mucha potencia. Total, la idea era meterla, no hacer una obra de arte.
Como dije, por lo general empezaba de arquero. Y recuerdo un par de movimientos que se repetían recreo tras recreo, día tras día. La pelota viniendo, picando frenéticamente, con dirección a un palo, pasando entre piernas, brazos, sogas, cartas, polleras, pantalones, y que tenía destino de gol. Me veo literalmente volando y manoteando la redondita histérica hacia un costado, provocando el inmediato insulto del shoteador. Qué sensación, qué placentero movimiento, qué valiosa atajada.
Claro que esas eran las menos. Por lo general, Olguín y Caliri eran los que hacían los goles. Eran los mejores. Y después dejaban que algunos de los horribles la metieran para ellos salir y volver a jugar y a marcar, una y otra vez.
Seba Caliri jugaba muy bien. Era un tipo elegante, de esos que siempre tienen la cabeza erguida y que disfrutan pisando la pelota. Era de esos que saben qué va a hacer la pierna del otro antes de que lo haga, y se mueven en consecuencia, dejando en ridículo los inútiles esfuerzos de los demás por sacarle la pelota.
Leo Olguín era un jugador diferente. Era de esos que siempre van para adelante, rápido, con dominio de balón, con el arco en la mente y sin levantar la mirada. Le pegaba bien el Leo. Casi nunca de punta. O con el empeine o con el costado del pie, o tres dedos, siempre que no dejara, con gambeta larga, tirado en el piso al arquero.
Por alguna razón, Leo siempre gritaba los goles como si se trata de un tanto importante. No decía: “Gooooool”, como decíamos todos. Le agregaba una e. Gritaba: “Gooooooleeeeee”. Era una gastada en el instante mismo en que la pelota entraba al arco metálico. Hoy lo recuerdo con cariño, aunque en esos días me rompía bien las pelotas que gritara “gole”.
Volviendo al principio: el fútbol en cancha de baldosa, con arco metálico, en un patio repleto de chicos ajenos al juegos, con pelota de tenis y con un arquero y cantidad de equipos como jugadores, merece un nombre específico. No se me ocurre nada. Pero ese detalle me hizo revivir un recuerdo que creía perdido. Qué partidos, qué sánguches, qué atajadas. Qué bien la pasé en la escuela Sarmiento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario