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Ensayo sobre una tragedia con final feliz

El final feliz de la tragedia de los mineros chilenos ha marcado la agenda informativa mundial.
Basta darse una vuelta por internet y mirar los diarios del mundo para darse cuenta de la magnitud de la noticia.
Luego de que la mina en la que trabajaban colapsó, 33 personas vivieron 70 días bajo tierra. Estuvieron 17 días incomunicadas, período en el que se conjeturaron las más dramáticas y desesperadas posibilidades. Era, de cajón, un desmoronamiento más de un yacimiento minero, como los que suelen ocurrir en China, donde, indefectiblemente, mueren de a centenas los trabajadores de las profundidades.
Pero no. Un guiño del destino hizo que Chile no tuviera que sufrir otro drama, como fue el terremoto de finales de febrero en el sur del país, que se ensañó con las poblaciones más pobres que viven de la pesca. Ahí vimos y conocimos la otra cara del próspero Chile que suele ponerse como ejemplo de los economistas más ortodoxos. Era la contracara de los balnearios de la zona central –exceptuando la “popular” Viña del Mar–, poco menos que prohibitivos, y del coqueto y poderoso distrito de Las Condes.
Pocos meses después, la tragedia posaba sus ojos, ahora, en un grupo de trabajadores de uno de los oficios más peligroso y menos reconocidos del mundo, a pesar de ser de los más lucrativos.
Otra vez pusimos, el mundo entero, los ojos en el escuálido país
sudamericano. Fueron 17 días de incertidumbre, hasta que el presidente Sebastián Piñera mostró aquel papel escrito por un merecedor del Nobel de Literatura: “Estamos bien en el refugio los 33”, que rememoró al desesperante mensaje del teniente de navío Dmitry Kolesnikov, víctima del submarino ruso Kursk, hundido en agosto del 2000. Decía aquel escrito: “13.15. Todos los tripulantes de los compartimientos sexto, séptimo y octavo pasaron al noveno. Hay 23 personas aquí. Tomamos esta decisión como consecuencia del accidente. Ninguno de nosotros puede subir a la superficie. Escribo a ciegas”. Escalofriante.
Esta vez, el poder del papel trajo buenas noticias y comenzó una operación de rescate inédita. Se dijo en un primer momento que recién para Navidad podría concretarse el rescate de los trabajadores. El cálculo del tiempo para realizar un plan de evacuación y las posibilidades ciertas de construir el artefacto adecuado para el rescate fue grosero, justamente, porque nadie sabía a ciencia cierta qué hacer ni cómo ni cuánto demoraría.
Las riendas del rescate las tomó el Ministerio de Minería de Chile, cuyo titular, Laurence Golborne, se ha convertido en poco menos que la cara de la proeza. Y, a su vez, tuvo una participación central en todo el operativo la poderosísima Codelco (Corporación del Cobre), empresa del Estado chileno (sí, del Estado), uno de los conglomerados mineros más grandes del mundo. Sus técnicos, ingenieros y especialistas en seguridad se metieron de lleno en la Mina San José, que por ser de mediano tamaño –y buscar oro, no cobre– no estaba entre los yacimientos de Codelco.
Le tocó en ¿suerte? a Piñera ser el presidente de Chile cuando se produjo el derrumbe. Todo salió bien, aunque podría haber salido todo mal. Lo que no se le puede achacar al mandatario –que para algunos se ha expuesto demasiado y para otros poco–, es que no haya puesto todo el aparato estatal al servicio del rescate. Qué paradoja, le tocó justo al presidente que menos consustanciado con el Estado está; más bien está en las antípodas, por ideología. Y es de los que creen que el Estado debe ser chico, pequeño, para influir lo menos posible en el mercado. Tema que maneja: es multimillonario y empresario.


monotema. En casas, bares, redacciones, en la escuela y el trabajo, en todos lados, los mendocinos hablamos y nos solidarizamos con los mineros chilenos. A las 0.10 de ayer, se escucharon gritos de alegría y algún que otro aplauso por los barrios de la ciudad. ¿Qué mecanismos psicológico trabajará para que nos dé alegría algo que no nos afecta y que pasa a muchísimos kilómetros de nosotros? ¿Tendrá que ver, como esbozamos antes, la condición de trabajadores para nada privilegiados de los 33? ¿Estará relacionado con la simpatía que despierta el final feliz que es el que preferimos tanto en la ficción como en la realidad y que nos ayuda a amortiguar la angustia de vivir?
Lo cierto es que la buena noticia nos llenó de expectativa y generó cierta excitación. Nos compenetramos con la vida de los trabajadores, desde hoy rock stars que no pararán de contar sus experiencias a cuanto medio se les cruce por enfrente –o les pague– del mundo entero.
Estas son las cuestiones que van a embarrar la hazaña. No es por ser aguafiestas, pero el mismo evento que saca lo mejor del ser humano suele, con el tiempo, largo o corto, sacar también lo peor.
Los sobrevivientes de la tragedia de los Andes, los uruguayos que estuvieron 70 días en la cordillera y fueron milagrosamente rescatados, terminaron divididos en dos o más bandos por algo tan banal como el dinero. Lamentable.
Rogamos para que esto no pase ahora pero es inevitable.
Las lecturas políticas –las hay en todo, hasta luego de un partido de fútbol– también comenzarán a inundar páginas y minutos. Que si pasaba acá cómo terminaba esta historia. Que la organización que no tenemos los argentinos fue vital para que los mineros chilenos fueran rescatados. Que los funcionarios tal o cual cosa. Podríamos seguir. Ojo, hablamos de ambos lados, contras y pro al Gobierno nacional. ¿Con qué necesidad basar cerebrales análisis políticos en una hipótesis? Ni idea.
Volviendo a lo importante: muy de vez en cuando, el mundo se une en pos de un objetivo. Quizás sean pocos los que están con las botas en el barro y corren con toda la responsabilidad, pero son millones los que detrás de cada televisor tiran buena onda para que las cosas salgan bien.
Eso pasó ayer. Y emocionó. Basta darse una vuelta por las redes sociales para comprender la magnitud del rescate y lo que significó para millones en todo el mundo. Entre tanta mala noticia, esa que nos da de comer todos los días, celebramos un cambio en el menú. ¡Salud!

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