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El partido de Dios manda y muchos obedecen, temerosos

Bien entrado el siglo XXI, es increíble que se sigan utilizando argumentos que tienen a Dios como razón, rector de comportamientos, garante de la humanidad. Es increíble que aún hoy sectores de la sociedad mencionen a Dios en discusiones que tienen que ver con los derechos de hombres y mujeres de carne y hueso, que nada tienen que ver con fábulas universales como lo son la Biblia y la supuesta “palabra del Señor”.
La resistencia a que los ciudadanos de este país tengan los mismos derechos más allá de lo que hagan entre cuatro paredes –donde ni la ley ni el Estado pueden meter la nariz– es un despropósito absoluto. Ni hablar del malestar que genera –me genera– que una institución con tantos pero tantos muertos en el placard siga siendo un factor de poder fortísimo en la sociedad argentina del siglo XXI, con tanta pero tanta agua pasada bajo el puente.
Que no se haya despegado al Estado de la Iglesia en la reforma constitucional del 94 fue la materialización del poder de lobby que tiene el sector, reacio a cualquier avance respecto de derechos civiles que choquen con su “ley”, esa que nos imponen a los que no creemos en un dios ni en una Biblia, y que consideramos que la historia de los hombres la hacemos los hombres, no una entelequia creada interesadamente para mantener el statu quo que le garantiza un poder con el que nadie lo invistió. Increíble.
factor político. Cuando desde un púlpito, algún obispo lanza un mensaje político, lo primero que se hace es negar que tenga esa carga. Porque lo político es de hombres pecadores, nunca de los cuasisantos que visten sotanas, no tienen sexo y son el norte moral del mundo. ¡Cuánta hipocresía! ¡Cuánta mentira! Ese es el modo de actuar de esta corporación mundial que tantísimo daño le ha hecho a la humanidad, matando, persiguiendo, quemando en la hoguera, haciendo lobby, aliándose con ricos y genocidas, todo para que lo que ella considera correcto les sea impuesto a todos los demás. Qué importa si alguien piensa diferente; lo que vale es lo que dijo alguien que mandó Dios hace 2000 años a salvarnos de no sé qué cosa. ¿Y el libre albedrío?
Según las Santas Escrituras, ese regalo de Dios a los hombres nos hace libres, pero ojo con elegir mal, porque hay elecciones que son “buenas” y otras que son “malas” al ojo del Gran Hermano con sotana.
La política es la razón de ser de la Iglesia católica. No sólo opina aunque nadie le pida su opinión, también actúa, organiza marchas, llama a legisladores, ministros, gobernadores, incluso a presidentes. Utiliza esa estructura política enviada por los más importantes partidos de cualquier país del mundo –parroquias, catedrales, colegios– para “bajar” su mensaje, que viene siempre con una advertencia y el manual de los castigos a los que seremos sometidos si nos corremos un centímetro de lo que marca la moral cristiana.
Hace unos días escribíamos en este espacio sobre la presentación del Consenso para el Desarrollo, una plataforma de gobierno realizada por el ex ministro menemista Roberto Dromi por encargo del arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio. ¿Eso no es un acto político? ¿Bergoglio anda por la vida protegido por una burbuja que lo aleja de esa actividad tan humana, tan banal, pecaminosa?


los pusilánimes de siempre. Valoro con devoción a los tipos que se la juegan. Que dicen “yo opino esto por tal y cual cosa”. Si yo no coincido, no importa, valoro la opinión expresa porque es una forma de valentía ciudadana: No importa qué dirán otros, yo pienso eso y lo digo.
Adolfo Bermejo, senador nacional por Mendoza, literalmente, se escondió hasta que en la reunión de comisión general del Senado votó por un proyecto híbrido de unión civil, la contrapartida de la Iglesia al proyecto de matrimonio sin distinción de sexo, con media sanción de Diputados.
Bermejo pudo haberse dejado presionar o pudo haber votado por convicción. Y si en caso pasó lo primero, ¿a qué le temía más: al kirchnerismo, que utiliza este proyecto, de avanzada por cierto, para provocarle una úlcera a Bergoglio, enemigo político de peso, o al qué dirán de buena parte de la sociedad mendocina.
Julio Cobos es un tipo común. Así le gusta que se lo catalogue. Interpreta que esa condición le asegura el apoyo de amplios sectores de la sociedad, que ven en los políticos profesionales a enemigos que nunca hacen nada bien y siempre, siempre, son corruptos.
Julio, querido, un dirigente político, un legislador, un gobernador, un presidente no puede ser un tipo común.
No alcanza con tener cara de bueno, con no querer nunca ofender a nadie y con hacer la plancha poniendo cara de desentendido cuando hay un tema que divide a la sociedad.
“Estoy a favor del proyecto de Laura Montero, que es bastante progresista”. Esto dijo Cobos el martes, en relación con que apoya el proyecto de ley de unión civil, el híbrido del que hablábamos más arriba. Esta frase que rescatamos tiene de todo: no menciona a qué se opone –el matrimonio gay–, no se refiere al proyecto de unión civil –dice “el proyecto de Laura Montero”–, utiliza la palabra “bastante”, o sea, ni poco ni mucho; y lanza el vocablo “progresista”, que, sin dudas, le dejó un mal sabor en la boca, simplemente porque es un conservador por convicción –aunque nunca lo va a decir– y parado en ese lugar no ofende a los que le interesa servir: los poderes concentrados, entre ellos la Iglesia.


oportunidad de oro. Si la política sigue los carriles lógicos, es probables que el 10 de diciembre del año que viene, Cristina Kirchner le entregue la banda presidencial a un conservador. Si no se aprueba el miércoles que viene la modificación del Código Civil que permite el matrimonio gay, los argentinos deberemos esperar unos cuantos años para tener un oportunidad similar de vivir en un país apenas un poco más igualitario.
Como venimos sostenido en este espacio, hay iniciativas del Gobierno nacional que lo trascienden. Lo que importa realmente es que la ley de medios se ponga en marcha al 100 por ciento, porque se trata del paso final de una lucha que lleva 27 años. Que este Gobierno nacional haya sido el que la impulsó no significa que la lucha sea un triunfo K. Es un triunfo de los que durante 27 años bregaron por desarmar los monopolio informativos y democratizar los contenidos mediáticos.
El caso del matrimonio sin restricciones de género es similar. Son millones de argentinos los que vienen peleando desde la vuelta a la democracia –y antes también– para que en este país, de avanzada para América latina, se reconozcan los derechos de las personas, sin detenernos en estupideces como con quién se acuesta tal o cual.
Se vienen tiempos complicados de la mano de la restauración conservadora, que echará por tierra medidas de vanguardia tomadas desde el 2003 a esta parte. Por esto es importante avanzar lo más posible en cuestiones como el matrimonio gay, antes de que los saqueadores neoliberales de los 90 o algún timorato títere vuelvan a sentarse en el Sillón de Rivadavia.

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