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Viva la diferencia

Hace dos semanas en este mismo espacio reflexionábamos sobre la iniciativa a toda prueba que tiene la gestión K, sobre todo en la adversidad, política y de encuestas. Esta cualidad descoloca cada vez más a una oposición tan variopinta que mete miedo (¿otra Alianza?).
Pasó el Bicentenario, y el balance, para el Gobierno nacional, es muy pero muy positivo. Y para la sociedad también. Veamos.


consenso y diálogo. Estas palabras están tan vacías de contenido que ya el sólo utilizarlas desacredita al osado que las lanza. Los llamados al acuerdo, a la concordia y a la tranquilidad no son más que eufemismos para decir “basta de pisarles los callos a los poderosos de siempre”. ¿En qué cabeza cabe que no haya disputa cuando se plantea, por ejemplo, un impuesto extraordinario a la renta extraordinaria de la soja? ¿No actuaron bajo crispación violenta los empresarios del campo que desabastecieron al país vía piquetes? ¿Fue “consensuada” la sarta de mentiras y tergiversaciones de los medios de Clarín antes, durante y después de la aprobación de la Ley de Medios? ¿Llama al diálogo y al consenso Eduardo Duhalde cuando reclama una amnistía a militares represores y asesinos? ¿Concordia puede pedir Julio Cobos, quien, literalmente, traicionó a mitad de camino al proyecto político que lo llevó a la Vicepresidencia de la Nación?
La Iglesia católica, tan preocupada por las formas, no da cabida a las voces que plantean diferencias respecto de lo que manda la jerarquía, desde Roma o Buenos Aires. El “contra tedeum” de Bergoglio, ¿es una corporización del diálogo?
¡Qué bueno que no haya acuerdo, que no haya diálogo, que las discusiones sean a fondo en los temas importantes, en esos que nos definen como país, que nos proyectan como sociedad, que nos hacen más y más y más democráticos!
Si llevamos al paroxismo el pedido de “madurez política” y acuerdo, no pasará nada hasta ver a un presidente –Macri, Cobos, el colombiano De Narváez, todos de derecha– sentado con Martínez de Hoz pidiéndole consejos sobre cómo eliminar la Asignación Universal por Hijo, un gasto que sólo beneficia a bingos y narcos. En nombre del consenso, no nos podría sorprender que tipos como Menem, Cavallo o el mismo Duhalde conformen, en un futuro, un “consejo de notables”. Sí, todo sea en pos de la “concordia” que pide la Iglesia, la misma que confesaba asesinos y bregaba por la Argentina cristiana, derecha y humana.
Hay cosas que no se transan –que es lo que quieren decir cuando dicen “diálogo”–, hay posturas que deben ser a prueba de pedidos de arzobispos y dirigentes, hay convicciones que no se negocian.
Cuando Menem dijo salariazo y revolución productiva, y luego hizo todo lo contrario, fue gracias al “diálogo” y al “consenso (de Washington)” con esos que nunca dan un peso de más por un compatriota, un pobre o un marginado por el statu quo que los hizo millonarios. Es así, les guste o no a los paladines de la concordia, el diálogo, el consenso, los enemigos de la crispación –¡qué palabra hipócrita!–. Viva la confrontación de ideas, de planes, de modelos, de países, vivan las diferencias. Sólo así, negro sobre blanco, seremos conscientes de quién defiende qué cosa, cómo y por qué.


qué placer. El monumental cierre de los festejos por el Bicentenario de la Revolución de Mayo fue, aunque el Gobierno nacional no lo diga para evitarse otro dolor de cabeza, una victoria política abrumadora.
Como lo destaca muy bien Luis Bruschtein en Página/12 ayer, el descontrol social, la furia ciudadana y el odio visceral entre argentinos que tanto promocionan los medios concentrados, de existir, habrían impedido la fiesta de cuatros días a la que asistieron 6 millones de personas sólo en Buenos Aires.
No hubo un desmán, no hubo manifestaciones en contra, no hubo intencionalidad ni de la izquierda combativa ni de la derecha procesista de empañar la fiesta. Por que no daba, no tenían cabida. Los ciudadanos se agolparon de a miles y miles en los escenarios preparados para celebrar la fecha. Las familias coparon el centro porteño, disfrutando de una propuesta popular que hasta los más críticos debieron valorar, en contraposición a la elitista reinauguración del Teatro Colón –bien por Cristina que no fue, más allá de las ofensivas declaraciones de Mauricio Macri, quien dijo que sería “desagradable” sentarse junto a los Kirchner.
Hagamos un ejercicio: ¿cómo hubieran sido los festejos del Bicentenario si la fecha “caía” bajo la Presidencia de Carlos Menem? Invitados: Bush padre y Bush hijo, Piñera, Silvio Berlusconi, José María Aznar –y Rodríguez Zapatero, ahora que recorta sueldos y ajusta–, el conservador inglés David Cameron y, por supuesto, las “estrellas” hubieran sido Susana Giménez, Mirtha Legrand y Ricardo Fort.
Seguramente no se habría habilitado en la Casa Rosada el salón de héroes latinoamericanos, todos combativos izquierdistas y líderes populistas, y el desfile final hubiera marcado la importancia de la “inversión” extranjera, los indultos a los militares y la época de oro del viaje a Miami por el fin de semana.
Los actos por el Bicentenario que culminaron el martes fueron un hecho político en sí mismo. No hubo ingenuidad ni frivolidad en las invitaciones ni en las actividades ni en la elección de las escenas históricas ni cómo se contaron. Tampoco se escatimó en marcar, por ejemplo, la importancia que tiene en la historia argentina la lucha de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. La Televisión Pública –rejerarquizada hasta el infinito si la comparamos con la patética ATC de Sofovich– eligió como comentarista del desfile artístico histórico del martes a la noche a Felipe Pigna, y eso también fue una decisión con intencionalidad.
Volviendo a la tesis del principio, el Gobierno nacional lo hizo otra vez. Cuando muchos se frotaban las manos luego de la resolución 125 y de la derrota electoral del 28 de junio del 2009, la iniciativa política oficial se ha vuelto incontrastable para la oposición. Y hay encuestas –algunas publicadas por La Nación– que indican que hoy Néstor Kirchner ganaría una elección a presidente. La pesadilla se corporiza entre los Cobos, los Macri, los Sanz, los De Narváez. ¿Cómo es posible, si teníamos todo listo para dar el salto (por no decir golpe?, se dicen unos a otros. De ahí las separaciones entre ex aliados, típicas de cuando el cargo parece al alcance de la mano.
Lo único que le falta a la oposición, a sus patrones y a los acomodados de siempre que quieren volver el tiempo 10 años atrás, es que el equipo del gran Diego se traiga la Copa del Mundo. Y la levante Messi desde el balcón, con Cristina al lado, con un tailleur celeste y blanco.

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