De qué se trata

Según una máxima del periodismo, una noticia tiene que contestar cuatro preguntas: Qué, Quién, Dónde y Cuándo (What, Who, Where, When). Se trata de la teoría de las cuatro W. Pero si queremos ir más allá, tenemos que responder la quinta W: Por qué (Why). Esa es la idea. Bienvenido.

6 de junio de 2008

Periodistas hablando de periodismo




Hay una máxima periodística que refleja lo efímero de las noticias, de lo urgente que deben tratarse, y publicarse los acontecimientos cotidianos. Esa máxima dice: “No hay nada más viejo que el diario de ayer”.
También hay un precepto periodístico que es diametralmente opuesto. Se refiere al papel que tiene la prensa en cuanto a reflejar una realidad que, indefectiblemente, quedará en la historia, será analizada en el futuro y servirá para entender lo que pasó. Ese precepto dice: “El periodismo es la primera versión de la Historia”.
Así de contradictorio es el oficio –o la profesión– que ejercemos los periodistas. Tiene mucho de intrascendente, aspecto que Borges sintetizó con maestría cuando expresó que los diarios deberían publicarse una vez año, “porque no todos los días pasan cosas importantes”. Pero también es la prensa escrita la que les da a los historiadores las pruebas empíricas de los hechos –diarios– que sucedieron en tal o cual período. Si queremos saber cómo Argentina comenzó su debacle económica y social, es insoslayable la consulta de los diarios del 24 de marzo de 1976 en adelante.
Alejandro Gómez, director del diario Uno en los primeros años, solía decir: “El papel aguanta todo”, y es cierto. Hay cientos de errores todos los días en los diarios, hay yerros conceptuales graves, hay falta de capacidad para reflejar una situación y se cuentan por decenas las informaciones interesadas, que nada tienen que ver con lo que le interesa a la opinión pública. Eso es cierto.
No obstante, es irrefutable que en Mendoza y en Argentina, son miles los periodistas que juegan su integridad –y su patrimonio– publicando historias que cambiarán la realidad. Desde una queja de vecinos a quienes se les desbordan las cloacas, hasta la revelación de un caso de corrupción en las más altas esferas del poder político, todo lo que se publica le cambia la vida a alguien, para mejor o para peor.
Hace unas semanas, publicamos en tapa de El Sol una foto de Abel Leiva, ciclista aficionado que corrió cinco veces la Vuelta de Mendoza y en casi todas terminó último. El día de la nota, el tipo recibió más llamados y saludos de amigos, vecinos y hasta de desconocidos que si hubiera salido cuarto en alguno de sus intentos.
Hace unos meses, dimos la noticia de que en la Casa Cuna estaban buscando cuidadores temporales para 18 bebés que no tenían familia. La respuesta fue impresionante, tanto que desbordó a las autoridades.
Son sólo dos ejemplos de los miles de noticias que se publican por día y que impactan en una persona, en una familia o en una comunidad, cambiándolas para siempre.
Suena pesado presentado como lo hacemos aquí, pero el periodista tiene una responsabilidad enorme, importantísima, que no todos pueden afrontar con altura. Y, a veces, cuando escribe tienta a desalmados que buscan rédito económico. En Argentina, la profesión –u oficio– no está colegiada, por lo que no hay tribunal de ética ni de disciplina, y el Estado no exige ningún título para ejercer el periodismo. Eso es malo para algunos, bueno para otros. Lo cierto es que ese “vacío” hace que el “código de conducta” de un periodista sea el Código Penal –se lo suele acusar de los delitos de calumnias e injurias– y el Código Civil –es usual que además, quien se considere perjudicado por una nota vaya por los bienes del periodista a través de la figura de daños y perjuicios–.
El periodista tiene la obligación de siempre querer saber. No hablamos sólo de conocimientos académicos. La obligación que nos exige el trabajo es querer saber, siempre, más y más. Tratar de entender cómo se maneja al mundo, qué pasó, cómo, quiénes fueron los protagonistas, despojados de prejuicios, esos que tan mal se llevan con la información y la inteligencia. Debemos interesarnos en el porqué de los acontecimientos. A la noticia de los atentados a las Torres Gemelas, le siguió la búsqueda del periodismo norteamericano de las causas del odio de buena parte del mundo hacia su país.
Buscando respuestas, intentando comprender, acaparando conocimiento, estaremos mejor preparados para contar. Hace muchos años, un pasante le planteó a su jefe que tenía dificultades para escribir una nota. El editor le dijo: “Sólo tenés que contar lo que viste, como un cuento”. Para poder contar lo que vemos, como un cuento, hay que saber de qué se trata, quiénes, dónde, cuándo, y si es posible, por qué y para qué. Son las preguntas básicas de la vida, y también del periodismo –los manuales las bautizaron como las cuatro W–, que podremos responderlas mejor si entendemos el contexto, todo el contexto, de un hecho.
A esa base, el periodista que se destaca debe agregarle actitud. Esta tiene que ver con querer saber más, buscar, asociar, recordar, y tener suerte. Por experiencia, sé que los periodistas que tienen actitud tienen suerte para encontrar noticias. O quizás no se trate de suerte, sino más bien de forzar al azar para que nos trate bien. Quizás.
A todo esto, el periodista debe, sí o sí, sumarle contenidos. Leer, buscar, enterarse, sacarse las dudas, ir al lugar de los hechos, hablar con los personajes que, se sabe, marcan la agenda de una sociedad.
El que tenga todo esto será un periodista responsable, acaso hasta reconocido. Y si no sabe escribir, no importa, eso es lo de menos, porque “con práctica aprende cualquiera, pibe”, me dijo un día, hace 10 años, Carlos Perlino.
Lo que no se adquiere con práctica es el amor al oficio. Ese amor, como todos los amores incondicionales, nos guía por una profesión hermosa, apasionante, para nada rutinaria, con satisfacciones grandes y también pequeñas, esas que sólo nosotros conocemos y que nos impulsan a seguir. Las condiciones de trabajo en la mayoría de los casos no son las ideales, las horas que se trabaja por día –y se le sacan a las compañeras de la vida, a los hijos, a los padres, a los amigos– son muchísimas, y las calenturas y discusiones por diferencias de criterio o de opinión nos hacen sufrir úlceras. Es así porque cada periodista defiende –o debería defender– su nota como la mejor, como la más importante, como la que va a hacer temblar al establishment. Debe ser así. Eso es demostrar que la vocación no es pasajera o caprichosa. Vivimos en este país, y aquí nadie es periodista sin querer. Imagínese, lector, si usted, que nada tiene que ver con el periodismo y de todos modos sufre al país, lo que sentimos nosotros, que lo sufrimos y además nos enteramos continuamente de todo o casi todo. Qué razón tenía el que dijo “la ignorancia es tranquilidad”.
El periodista debe mantener sus convicciones, debe tomar partido, formarse una idea –con sentido crítico– y defenderla, siempre advirtiendo al lector, radioescucha o televidente, que está opinando. El gran Horacio Verbitsky replicó más de una vez cuando algún perejil lo acusaba de opositor irracional o de oficialista furioso: “Los que cambian son los gobiernos, no yo”.
Mañana se conmemora otro Día del Periodista, oportunidad única en el año para referirnos a nosotros mismos, y publicarlo. Por eso esta nota-homenaje, que dedico a los colegas, con los que con aciertos y errores –vedetismo y soberbia, sobre todo– hacemos que la democracia sea, todos los días, un concepto palpable que honramos con cada título, cada bajada y cada volanta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario