De qué se trata

Según una máxima del periodismo, una noticia tiene que contestar cuatro preguntas: Qué, Quién, Dónde y Cuándo (What, Who, Where, When). Se trata de la teoría de las cuatro W. Pero si queremos ir más allá, tenemos que responder la quinta W: Por qué (Why). Esa es la idea. Bienvenido.

5 de septiembre de 2007

El mejor equipo y su partido inolvidable

Para Jorge Coke Nacif y 
Gerardo Harry Garbín, quienes 
se fueron demasiado pronto.




La promoción 1993 del colegio San Luis Gonzaga se destacó por muchas cosas; una de ellas, su equipo de fútbol.
Lo que sigue es una historia real, de esas que tienen todos los condimentos para ser un cuento del tipo que le relatan los padres a sus hijos, estos a los suyos, y así.
En 1991, estando en tercer año B, formaba parte, junto a un grupo de notables jugadores, del equipo del curso, que no perdía oportunidad de desparramar talento en los campeonatos internos del colegio.
La fiebre por la pelota y la formación del equipo habían comenzado un año antes, estando en segundo, cuando en el primer torneo –sobre baldosa, en el patio de la primaria, equipos de cinco jugadores y el arquero– dimos el batacazo al llegar a la final dejando en el camino a los de cuarto y definiendo la medalla –comprada en un local de trofeos de calle San Juan– con el equipo del otro segundo, también unos fenómenos.
Yo era el arquero. La decisión de defender los tres palos la había tomado mucho tiempo atrás, cuando entendí que las órdenes de mi cerebro rara vez les llegaban a mis pies.
El “plantel” se formaba más o menos así: quien suscribe al arco; los defensores eran Martín Tincho Calomarde (o Carlos Marde), Simón Rearte y Juan Martín Alonso; en el medio se turnaban Juan Pablo Japonés Morales, Javier Papa Solfanelli y, a veces, Federico Zopa Correa Llano; adelante solían jugar, en una dupla a lo Basile, el rápido y talentoso Hernán Zorrilla, El Zorra, y Pedro Sánchez, el faro, el 9 de área, un grandote que jugaba al rugby pero se daba maña con la redonda.
Disculpas a los que olvido o no recuerdo porque tuvieron un paso fugaz por el equipo antes o después de la primavera de aquel 1991, referencia temporal del acontecimiento que nos interesa.
Por esa época llegó al colegio una invitación de los pibes de Maristas para disputar un intercolegial. Me gustaría creer que pensaron en nosotros porque la fama del equipo había superado los comentarios internos y llegado hasta el colegio de avenida Champagnat. Como sea, nos invitaron. También participarían los equipos de tercer año del Don Bosco, de la ENET Nº2 y, claro, de Maristas.
Se trataba de, como mucho, dos partidos. Se sorteó el primer encuentro entre los cuatro participantes y los que ganaran pasarían a la final. Los perdedores jugarían por el tercer puesto y una medalla color bronce muy chiquita.
El primer partido se disputó un viernes a las dos de la tarde. Era setiembre. Sin dificultad le ganamos a los locales, Maristas, 2 a 0, casi sin despeinarnos. Recuerdo que la cancha no tenía ni un centímetro cuadrado de pasto y nuestros rivales ostentaban botines, canilleras y camisetas. El arquero usaba guantes.
También está grabado en mi memoria cómo Tincho Calomarde sacó con la mano, mientras yo estaba en el piso, derrotado, una pelota que se metía entre media docena de piernas y una nube de polvo impenetrable.
El rival en el partido decisivo, que jugaríamos al viernes siguiente, resultó ser el cuco del torneo, los pibes de la ENET, que tenían por lo menos dos años más que nosotros. Habían pasado a la final porque el equipo de Don Bosco no se presentó al primer partido.
Los días previos al gran choque hablamos mucho y tratamos de corregir –charlando– los errores que cometimos una semana antes, que no habían sido muchos, por cierto. De entrenar, ni hablar.
En fin, llegó el día. Salimos del colegio, comimos una hamburguesa en el legendario Pancho Villa –Colón pasando 9 de Julio– y partimos en colectivo hacia el predio de Maristas para disputar la final.
Nos pusimos las remeras rojas que acordamos previamente para no confundirnos y salimos a la cancha, con ganas, motivados, algo nerviosos pero decididos a imponer nuestro juego.
Ese día formamos más o menos así: Ortega en el arco; atrás Alonso, Calomarde y el Zopa Correa Llano; en el medio, el virtuoso Morales y el grandote Solfanelli; adelante, Zorrilla y Sánchez. En el banco quedó Rearte, haciendo el aguante.
Ya en los primeros minutos del partido nos dimos cuenta de que estos pibes no eran como los de la semana anterior. Más allá del mayor porte, jugaban brusco, ponían la pierna fuerte, cuerpeaban con ganas y le pegaban con un caño. Además, tenían un delantero, petiso y flaquito, muy rápido.
Promediando la primera parte ya estábamos dos abajo; el primer gol fue un cabezazo después de un córner que no corté; el segundo fue una corrida solitaria del petiso, cuando salí a achicarle el ángulo, la tocó a un palo: golazo.
Estábamos en sus manos. No teníamos reacción ni físico ni ideas para llegar. Pateamos una sola vez al arco en ese primer tiempo. A poco del final –deben haber sido 30 minutos por parte–, el petiso se vino de nuevo. Hizo un amague y dejó a dos de mis defensores parados. Encaró al arco, decidido. Esta vez no esperé y salí rápido a interceptarlo. Con un desprecio orgulloso por las reglas, le apunté al cuerpo y me lo llevé puesto. El pibe voló y la pelota salió al lateral. Había sido un penal irrefutable, pero el árbitro, quizás sintiendo pena por nosotros, se hizo el distraído. Pitazo y a tomar agua.
Cuando nos estábamos acomodando para empezar el segundo tiempo, aturdidos por no encontrar cómo hacerle frente a los “gigantes” de la ENET, el Tincho Calomarde nos reunió en nuestra área. Dijo: “Este partido lo tenemos que ganar”. Lo miramos como si hablara un loco, un tipo que no sabe nada de fútbol y, lo peor, no se da cuenta de sus limitaciones ni de las de su equipo. Pero siguió: “Hoy hace un año que se murió mi viejo y quiero ganar este partido, para él”.
Nadie dijo nada. Nos acomodamos en nuestros puestos y lo que siguió fue el mejor partido que jugó cada uno en su vida. Al menos eso sentí y el tiempo y la distancia con mis compañeros me hace querer creer que así fue para todos. Las ganas de formar parte de la gesta hizo que Simón Lechuga Rearte entrara a jugar con zapatos porque se había olvidado las zapatillas.
No había secretos: sólo era cuestión de correr, de tocar, de ir al frente. De poner el hombro más fuerte que ellos y de pelear cada pelota. Las palabras del Tincho fueron una motivación increíble, que sacaron del equipo lo mejor. Parecíamos otros. Los pibes de la ENET rápido perdieron la iniciativa y no tuvieron otra que refugiarse en su área, despejando todo lo que tirábamos. Sólo una contra metieron. Ni la tierra ni el calor ni el sol de la siesta nos amilanaron y nos sentimos responsables de torcer una historia nada fácil.
En ese segundo tiempo hicimos cuatro goles –Sánchez, El Zorra, Morales y Calomarde, de cabeza-, yo mantuve el 2 en nuestro arco y le dimos al Tincho, todos, ese regalo que pidió para su papá.

2 comentarios:

  1. No jugué ese partido, no fui al San Lucho, pero conocí al gran Harry Garbín como poca gente lo conoció. Quizás solo Ariel Musuruana, un gran amigo y gran persona, que perdí por motivos que no valen la pena, eclipsan ese conocimiento por ser más. Me alegró mucho leer tu dedicatoria a mi gran amigo. Gracias, de corazón. Leonardo Alabern

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