De qué se trata

Según una máxima del periodismo, una noticia tiene que contestar cuatro preguntas: Qué, Quién, Dónde y Cuándo (What, Who, Where, When). Se trata de la teoría de las cuatro W. Pero si queremos ir más allá, tenemos que responder la quinta W: Por qué (Why). Esa es la idea. Bienvenido.

9 de octubre de 2006

Es una ventaja conocer al enemigo

Se respira un clima extraño. Denso. Cargado. Que se siente, sobre todo, en algunos ámbitos como el político, en la Justicia federal, en los corrillos periodísticos.
Todo comenzó a partir de la increíble desaparición del testigo Julio López, cuyo testimonio clave en el juicio contra el ex represor Miguel Etchecolatz terminó con la condena de quien fuera la mano derecha de Ramón Camps. Hoy, todo el aparato del Estado lo busca, en lo que se traduce en mucho más que en una averiguación de paradero. Se trata nada menos que de una trascendental prueba para los avances de una democracia que se está haciendo fuerte, muy a pesar de grupejos patéticos que quieren justamente que se revise lo inapelable desde la historia, la Justicia y la moral: el terrorismo de Estado.
La desaparición de López –sobre la que se tejen las más variadas hipótesis– es festejada por lo bajo por los reivindicadores de la última dictadura militar, quienes valoran los “logros” de ese régimen, los que no fueron más que “crímenes y calamidades”, como lo definiera el gran Rodolfo Walsh.
prontuarios y acciones. Quienes manifiestan estupor ante la acertada política de derechos humanos del Gobierno de Néstor Kirchner son también quienes, desde espacios marginales como páginas web y publicaciones de poca monta, intentan rescribir la historia y reflotar la canallesca teoría de los dos demonios. Son muy pocos, son marginales, están desprestigiados, pero a fuerza de imprestables actos aparecen en los medios, que muchas veces cubren esos actos por los exabruptos que se escuchan ahí.
Quienes forman estos grupos recalcitrantes de la más oligarca, excluyente, anacrónica, conservadora y fanática derecha argentina están bien individualizados. Repasemos. Karina Mujica, defensora de los valores “cristianos” y “occidentales” que a su vez regentea un puticlub; Vicente Massot, propietario del diario bahiense La Nueva Provincia, vocero de la Marina y apologista del terrorismo de Estado; Bernardo Neustad, vocero periodístico de dictadores y rematadores del país –Martínez de Hoz, Menem, Cavallo–; Alfredo Astiz, procesado por crímenes de lesa humanidad; Luis Patti, ex comisario muy sospechado de participar en operativos ilegales durante la dictadura y hoy reconvertido en político; Cecilia Pando, esposa de un militar, defensora del accionar de la dictadura y quien duda de que se hayan producido robos de bebés. La lista sigue, pero no son muchos más. Según la inefable asociación Memoria Activa, la pantalla de este grupo, son 7.000 “reivindicadores” en todo el país. Es decir, nada. El 10 por ciento de un estadio de fútbol colmado.
Sin embargo, son muy inquietos. Primero fue Cecilia Pando la que tomó la voz cantante en sendas cartas publicadas por el diario La Nación –sí, La Nación– criticando decisiones de Kirchner en relación a las Fuerzas Armadas, como, por ejemplo, la de remover el cuadro de Jorge Rafael Videla del Colegio Militar de la Nación. ¿Alguien en su sano juicio no comparte esa decisión? Sólo Cecilia Pando y algunos más.
La mujer también protagonizó un entredicho con el presidente en un acto en la Casa Rosada, donde se coló. Después se supo que la entrada se la había dado una legisladora que responde a Patti.
Luego fue Mujica la que tomó la posta mediática. Claro, desde el programa de Mariano Grondona, donde apareció con un discurso que rozaba lo ridículo respecto al papel de las Fuerzas Armadas durante el Proceso.
Estas apariciones comenzaron a llamar la atención de algunos otros con las mismas ideas. Y se fueron juntando. Los unía el odio a Kirchner, a las organizaciones de derechos humanos –que entraron por primera vez, en serio, a la Casa Rosada–, a la política de adoctrinamiento democrático de las Fuerzas Armadas, entre muchas otras cosas. Ni hablar de los pronunciamientos del Gobierno sobre la Iglesia católica y su papel en la dictadura.
A este panorama se le sumó la anulación de las Leyes del Perdón de Raúl Alfonsín y el avance de las causas contra cientos de ex militares por los crímenes –indiscutidos– que cometieron entre 1976 y 1983. También se vio un avance en las causas que investigaban delitos imprescriptibles, como el robo de bebés (¿también fueron parte de la “guerra” de los 70?). Para enervar más sus ánimos, el ministro de Salud, Ginés González García, comenzó a llamar a las cosas por su nombre y a encaminar la política sanitaria en el mismo sentido que los países más avanzados del mundo. El cardenal Jorge Beseotto pidió colgarle al ministro una piedra al cuello y tirarlo al mar por repartir preservativos y manifestarse a favor de la legalización del aborto.
La educación sexual también ayudó al enojo. Tampoco hay que olvidar el impulso que le dio el Gobierno a las designaciones de Eugenio Zaffaroni y Carmen Arguibay a la Corte Suprema de Justicia, cuestión que fue tomada por la derecha como una mojada de oreja imperdonable.
Con este panorama, era probable que estos personajes hicieran algo. Primero fue el “homenaje” a los militares muertos durante los 70 –donde le pegaron a un periodista, para despuntar el vicio no más– el 24 de mayo y, luego, el acto del jueves.
Pero no sólo con reivindicaciones ridículas se entretienen estos muchachos. Las amenazas a jueces y fiscales federales que intervienen en causas que seguramente llevarán a la cárcel a cientos de criminales sazonaron los días posteriores a la desaparición de Julio López. En el mismo sentido se dirigieron las promesas de muerte a la titular de Abuelas de Plaza de Mayo, la indiscutible Estela de Carlotto.
No es menor la carta dirigida a los jóvenes de Memoria Activa por el ex presidente de facto Reynaldo Bignone pidiendo que “terminen con el trabajo”. Si la Iglesia acusa a Kirchner de incentivar las disidencias, ¿de qué habría que acusar a Bignone?
Hay algo curioso que se invoca en cada acto de estos grupos: el respeto a la ley, a la Justicia, a los tribunales, en definitiva, a la Constitución de la Nación, esa misma que el régimen que defienden se cansó de vejar en nombre del ser nacional, del pueblo argentino y de los valores cristianos y occidentales.


doctrina y objetivo final. Los hechos que hemos repasado son los que han generado el clima raro, pesado, denso, del que hablábamos al principio. Tenía que pasar en algún momento. Gente que participó o se manifiesta partidaria de los crímenes y calamidades (otra vez Walsh) de la última dictadura militar no se iba a quedar de brazos cruzados, luego de la avanzada democrática sobre cuestiones que los presidentes anteriores a Kirchner no se atrevieron a realizar por limitaciones externas, por coincidencia ideológica o por mera tibieza.
Para intentar explicar qué ideas defiende esta gente, citemos a la imprescindible periodista María Seoane: “Todos los golpes militares del siglo XX fueron la expresión política de la alianza de la elite formada por terratenientes, grandes exportadores, banqueros y corporaciones extranjeras que recurrieron a los militares porque jamás lograron conformar un partido de derecha que los llevara, vía urnas, al poder. En todo el siglo XX, esa burguesía, lejos de proporcionar un proyecto de país industrial, prefirió los beneficios de la renta terrateniente, primero, y financiera, después, a los riesgos de la inversión productiva. La dictadura de 1976 mostró como ninguna el carácter rentístico-financiero de las elites dominantes. Ese golpe militar quebró la tradición del país industrial y de masas desarrollada hasta mediados del siglo XX”.
Desde aquí, agregamos que el plan inicial de la dictadura lo completó el binomio Menem-Cavallo, con el resultado de indicadores sociales negativos inéditos en el país.


puro odio. Volvamos a la idea inicial. Se trata de un grupo pequeño, insignificante, pero fanático, con prensa gracias a su discurso increíble, con contactos, violento, con cara de acero para decir lo que sea. Y con mucho odio, odio a la democracia, a la Justicia, a las instituciones, al ideal de un país integrador, justo, con oportunidades para el hijo del abogado y el del albañil, con una educación integral, con un sistema de salud moderno, con una industria que dé trabajo. Odian con furia la idea de un Estado fuerte que le ponga coto a los intereses de las corporaciones. Así de simple. Todo lo demás es pura cháchara. Pero molestan, están ahí, patalean. Y mientras más lo hagan y salgan de sus cómodas cuevas, adonde los llevó la brutal historia revelada, mejor será para la sociedad. Por que un enemigo visible no reviste peligro.

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