De qué se trata

Según una máxima del periodismo, una noticia tiene que contestar cuatro preguntas: Qué, Quién, Dónde y Cuándo (What, Who, Where, When). Se trata de la teoría de las cuatro W. Pero si queremos ir más allá, tenemos que responder la quinta W: Por qué (Why). Esa es la idea. Bienvenido.

7 de septiembre de 2003

4) D2, el sello de la tortura

4) D2, el sello de la tortura

Por Rodrigo Sepúlveda

De acuerdo a la orden reservada 239 firmada por el general Jorge Maradona, el Departamento Dos (D-2) de Inteligencia de la Policía de Mendoza tenía la función de recibir a los secuestrados, mantenerlos en cautiverio y asentar la información, obtenida bajo tortura, en los ficheros clasificados por actividades respondiendo a un mapeo ideológico realizado previamente. Luego, en base a las disposiciones del Comando de Brigada, se decidía su destino: podían ser legalizados e ir a la Penitenciaría de Mendoza,  trasladados a otro centro de detención o desaparecer.
El D2 fue el Centro Clandestino de Detención (CCD) más importante de Mendoza. Funcionó en un entrepiso en el interior del Palacio Policial. El lugar, ubicado en la intersección de calles Belgrano y Virgen del Carmen de Cuyo, fue inaugurado en 1974 y se encuentra a menos de 500 metros de la Casa de Gobierno, centro del poder político. Miles de mendocinos lo han visitado para obtener su cédula de identidad provincial. Miles que no sabían lo que ahí ocurría.
Elba Morales, miembro del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos, afirma: “La gran mayoría de los secuestrados de Mendoza pasaron por el D-2”. El lugar ahora es un depósito de elementos secuestrados en allanamientos. Hay computadoras viejas, marcos de bicicletas, biblioratos, libros, papeles, hierros retorcidos y un montón de cosas sin valor. Casi todas las pequeñas celdas están cerradas con candados. Otras tienen fajas de seguridad.

“Inteligencia”

Los policías que integraban el D-2 conocían los movimientos de los militantes políticos mucho antes del golpe del 24 de marzo de 1976. Ya para esa época, tenían información sobre organizaciones o instituciones políticas, gremiales y sociales. Muchos del D-2 convivían en sus lugares de trabajo habitual con los que luego iban a ser sus secuestrados. Trabajaban como custodios en bancos oficiales y privados, en la Casa de Gobierno, en Tribunales o universidades. Cada vez que se hacía una asamblea de trabajadores o de estudiantes; o se realizaba una protesta, ellos sacaban fotos, tomaban nota y elaboraban informes. Después venía la clasificación por actividades políticas, sindicales, estudiantiles o religiosas.

Procedimientos

Una vez sacados de sus casas en operativos casi siempre clandestinos, los detenidos eran encapuchados, golpeados, desorientados y luego trasladados al edificio del Palacio Policial. Los patoteros iban camuflados con pelucas, bigotes postizos y lentes oscuros para no ser reconocidos. Utilizaban autos sin identificación robados o apropiados a los mismos detenidos. Se movían en un Dodge Polara, un Ford Falcon, un Peugeot 504 y un Fiat 125.
Las comisarías Séptima, 25º, Quinta, Primera y la Colonia Papagayos eran escalas obligadas antes de llegar al centro clandestino. Papagayos funcionó con ese objetivo antes del golpe y por allí pasó el actual diputado Ricardo Puga después de su detención (ver aparte). El legislador militaba en el Partido Auténtico y fue llevado en el baúl de un auto a la Colonia. Luego de unos días de continuas torturas, Puga fue trasladado al D-2 donde siguió el “tratamiento especial”.

Tratamiento “especial”

El único método para             lograr información aplicado en el D-2, eran los tormentos sistemáticos. Y el primer síntoma que sentían los cautivos era la pérdida de la noción del tiempo. Para intuir qué hora del día estaban viviendo los secuestrados se guiaban por los sonidos de las oficinas ubicadas a metros, donde se gestionaba la cédula de identidad provincial. También servían de referencias el ruido del tren que pasaba por detrás del edificio y los cambios de guardia de los policías.
En el subsuelo, en la sala de acumuladores de la central telefónica, se hacían las sesiones de torturas. Fernando Rule, trabajador estatal y ex militante montonero, reconoció el lugar, a pesar de ir vendado porque, paradójicamente, había participado en su construcción: “En el centro había un banco de madera de esos de listones. Me desnudan y me atan a ese banco. Ahí me interroga un tal (Eduardo) Smaha, El Ruso Smaha. Era el que más hablaba con un acento aporteñado. Él tomaba mate, fumaba, me tiraba las cenizas en el pecho y me lavaba con la pava mientras me interrogaba. Yo tenía una máscara de goma. Nos aplicaban la picana en los genitales, y en las encías”. Eduardo Smaha era oficial inspector de la policía y hacía de enlace entre el D-2 y el Comando de Operaciones Táctico (COT), donde se decidía y se dirigían los secuestros.
Además de los golpes de rigor y la picana eléctrica, también se utilizaban el “submarino seco” (asfixiar con una bolsa plástica al detenido hasta casi desvanecerlo), y el “submarino mojado” (ahogar al secuestrado en un tacho de 200 litros de agua introduciéndole la cabeza varias veces hasta conseguir que “cante”). Para desequilibrar psicológicamente aún más, también había policías que hacían de “buenos” y otros que hacían de “malos”, según recuerdan las víctimas. El “bueno” visitaba a los detenidos todos los días e intentaba convencerlos de que dieran información a cambio del cese de las torturas. “Hablá, no seas boludo. Mirá que tus compañeros ya dijeron todo”, recuerda Eugenio Paris que le decían. Después, a los gritos y patadas, aparecían los “malos”.
Uno de los “buenos” era el sargento Manuel Busto Medina conocido por los secuestrados como Mechón Blanco. Una detenida del 76 lo recuerda muy bien: “Hablaba con los familiares, les sacaba plata y les daba datos falsos sobre nosotros”. Cuando los detenidos estaban vendados, Busto Medina los trasladaba a la sala de tortura. Algunas mujeres lo reconocieron como uno de los violadores. Entre los “malos”, estaba el cabo Alfredo Milagro Castro conocido como el Caballo Loco”, quien amenazaba a los detenidos entrando a las celdas con un revólver. Alberto Córdoba lo reconoció como uno de sus torturadores.
La locura llegó a tal punto en el D-2, que el 25 de mayo de 76 los secuestrados vendados debieron cantar el Himno nacional mientras les daban un brutal paliza.

No dar paso a la vida

“A todas las compañeras nos torturaron y nos violaron sistemáticamente”, recuerda Silvia Ontiveros, una de las sobrevivientes que atestiguó ante la CONADEP en 1984. “Yo puteaba y le pegaba al torturador, pero a su vez no quería que se escuchara mucho porque sentía que para mis compañeros de al lado era terrible”, reconoció Silvia años más tarde en el video documental D-2. Era trabajadora estatal y militante peronista, fue secuestrada el 9 de febrero de 1976 junto a su pareja y su hijo de 4 años. Los golpearon y los encapucharon en presencia del niño. A los tres los llevaron al “Palacio”. En la sala de tortura, a Silvia le dijeron que si no colaboraba iban a matar a su hijo. Los policías finalmente entregaron el menor a sus familiares. Silvia estuvo en el D-2 hasta fin de mes. “A todas nos torturaron y nos violaron. Cuando nos juntamos en (la cárcel de) Devoto, comentábamos esto, en mi caso me violaron durante 18 días. ¿Me debí quedar embarazada en algún momento, no? Sin embargo no. Ninguna de nosotras le dio paso a la vida allí”, afirma con admirable dignidad Silvia.

La cabeza de la serpiente

El máximo responsable del D-2 en los años más duros del terrorismo de Estado en Mendoza fue el comisario Pedro Dante Sánchez Camargo, quien recibía órdenes directas del entonces jefe de policía, Julio César Santuccione. Sánchez Camargo ocupó ese cargo desde el 21 de julio de 1975 hasta el 1 de diciembre de 1977. El periodista Rafael Morán, quien lo conoció mientras trabajaba como jefe de Policiales de Los Andes, lo describe como un oscuro personaje dueño de la vida y la muerte de los “chupados”. A fines de 1975, Morán quiso saber por el destino del periodista Jorge Bonardell, detenido en esos días. El jefe del D-2 le respondió: “A Bonardell lo tenemos detenido en una pieza, está desnudo. Pero no se meta con este asunto. Lo tenemos desnudo sólo para presionarlo un poco”. La respuesta espantó a Morán.

La patota

El D-2 lo conformaban 55 policías, según un informe que la propia fuerza hizo para la Cámara Federal de Apelaciones de Mendoza el 18 de febrero de 1987. La información correspondía al año 1976.
De ese listado, sin duda los más destacados por su “obediencia debida” al terror fueron el mencionado Sánchez Camargo, el comisario inspector Juan Agustín Oyarzabal, los subcomisarios Luis Alberto Rodríguez y Alberto Roque Rondinini, los oficiales inspectores Armando Osvaldo Fernández, Enrique Manuel Funes y Eduardo Smaha. Fernández y Smaha, actuaban como enlace entre el D-2 y la autoridad militar.
El Ruso Smaha, como se lo conoce, participaba activamente en las sesiones de tortura. Era uno de los que “hacía” el personaje de El Porteño, dirigía los interrogatorios y conocía bien a los cautivos. En las sesiones, varias personas hacían de El Porteño, entre ellos el oficial de la Policía Federal Osvaldo Daniel Calegari, quien fue reconocido por ex trabajadores de la firma Nutrihogar. Todos los policías que estuvieron en el D-2 durante la dictadura participaron de las acciones típicas de un CCD: secuestros, torturas, violaciones, simulacros de fusilamiento, muertes y desapariciones. Actualmente se encuentran todos identificados.

“Ayudame, hermano”

Eugenio Paris regresó al D-2 después de su cautiverio casi 30 años más tarde. Parado al lado del baño, en el medio del pasillo que separa la hilera de celdas, Paris relató cómo vio morir a un militante producto de las torturas que recibió. “Cuando detienen a esta persona, tenía en su poder los nombres de los que trabajaban acá en el D-2. Recibió un tratamiento terrible. A los dos días entró en una especie de septicemia porque comenzó a gritar, a delirar. En un momento lo encierran en el baño y a mí me sacan. Cuando voy a buscar los elementos para limpiar su celda, él abre la puerta y me dice ‘por favor, ayudame, hermano’. Después, como a las tres o cuatro de la mañana, se produjo un silencio y esta persona muere. Al rato entran con una camilla improvisada y se lo llevan. Me sacan del calabozo otra vez y me quitan la venda para limpiar la celda. Había materia fecal, sangre y vómito. Evidentemente murió por la terrible golpiza”. Paris nunca supo el nombre del militante.

Más desapariciones

Muchos de los detenidos que conocieron de muertes en las mazmorras del Palacio Policial cuentan que en algunos casos no pudieron identificar a los torturados que perdieron la vida. Por eso, aún hoy, falta establecer el número exacto de personas que desaparecieron en ese lugar. Sumados los desaparecidos y asesinados, los casos son más de veinte. Entre ellos están los de Roberto Blanco Fernández, Miguel Ángel Gil, Ricardo Sánchez, Daniel Moyano, Edesio Villegas, Jorge Vargas Álvarez, Aníbal Rosario Torres, Jorge Lubino Amodey y Zulma Pura Zingaretti.

Sesiones

En las sesiones de tortura que sufrieron los secuestrados del D-2 siempre había un médico. Su rol era auscultar al torturado para evaluar su resistencia física a la picana eléctrica y evitar que el “paciente” se muriera. Rule explica cómo se siente un paro respiratorio en una sesión de tortura: “Dejó de dolerme, dejo de sentir ruido, dejo de sentir el olor nauseabundo de las baterías, cuando pierdo todos esos sentidos me despierto con el médico pegándome con el puño en el pecho y gritándome que respire”.
Al menos cuatro personas sufrieron ataques cardíacos mientras eran torturadas en el D-2.
Francisco Robledo reconoció al médico Mario Rafael Stipech, quien lo atendió después de una sesión donde le dañaron los oídos. Stipech era oficial inspector del Cuerpo Apoyo Escalafón Profesional de la policía. Robledo lo conocía porque trabajaba con él en el hospital de Maipú. Doce eran los médicos que trabajaban en el D-2 en 1976. Tenían una oficina en un costado del hall central del Palacio Policial. Hacían guardias de 24 horas, una vez a la semana. Además de Stipech, trabajan allí Antonio Blas Scalzo, Miguel Capó Linares, Bernardo Horenstein, Carlos Del Canto Barbera, Lucio Arias, Antonio Perello López, César De Borbón, Roberto Sleman Masnu Zavi, Jorge Bajuk, Virginia Solas e Ibrahim Prieto. “Nunca un detenido dijo ‘me hicieron, no me hicieron, me pegaron, no me pegaron’, ni yo les pregunté. Decían: ‘Me duele el hombro, me duele el brazo, me duele la pierna’. Yo suponía que era por la tortura. No hay que ser muy vivo para darse cuenta”, contó Prieto hace algunos años.

Justicia

Eugenio Paris está entusiasmado con la posibilidad de que la Corte anule finalmente las leyes de impunidad y los represores puedan ser juzgados en Mendoza por los delitos de lesa humanidad que cometieron. No cree en el argumento de la Obediencia Debida de los torturadores: “No sólo cumplían la orden. Estos personajes le agregaban su propia iniciativa, su propia ‘creatividad’. No fueron idiotas útiles, fueron partícipes totalmente conscientes de la cuestión”. Ahora, algunas personas quieren convertir el lugar donde estuvo el D-2 en un museo de la memoria. Tienen claro que hasta que la memoria no ocupe su lugar, el olor a la tortura y muerte del D-2 permanecerá allí.

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